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Al terminar la segunda película apagué la luz, y contra el respaldo del asiento delantero plegué la mesilla en la que se apilaban dos revistas y la novela que estuve leyendo casi desde que el avión tomó pista de despegue.

Tapado con el cobertor de lana hasta la mitad del pecho, Alberto, mi marido, dormía como un tronco en el asiento contiguo a mi derecha y su profunda respiración era tranquila. Él, que casi no probaba el alcohol salvo en alguna fiesta o en ocasiones especiales, se había bebido entera la botellita de vino tinto a la hora de la cena que ni siquiera tocó. Además se había tomado dos whiskys dobles en el aeropuerto para atemperar el nerviosismo y mal humor que le producían los vuelos largos, y así conciliar el sueño durante toda la noche, sin que le importaran las turbulencias o las 12 horas de aquel viaje claustrofóbico sentado en los asientos centrales de la última fila del avión repleto de pasajeros.

A su otro lado, una bella española, andaluza y trigueña de labios carnosos y ojos color miel, también dormitaba cubierta con la ligera frazada hasta los hombros. La vi cuando tomó asiento, alisando su minifalda color marfil que descubría unas piernas espléndidas y se ajustaba al relieve prominente de su trasero.

Alberto había estado charlando animadamente con ella durante la primera hora del vuelo, e incluso intercambiaron sus respectivas tarjetas de presentación. Se llamaba Fabiola, nos dijo, y era antropóloga. Ella iba también de vacaciones y se hospedaría en el mismo hotel que nosotros, donde ya la aguardaba su pareja. En la semi penumbra de la cabina, resplandecía serenamente el hermoso perfil de la mujer y sus labios tarareaban en silencio la música que llenaba sus oídos.

A mi izquierda viajaba un caballero de aspecto oriental, quizá japonés o malayo de ojos almendrados y edad indefinida como todos los seres de su raza, con el que apenas intercambié algunas frases de cortesía en mal inglés, cuando cenábamos. Sus modales eran elegantes, casi solemnes, y su rostro hierático e imperturbable.

El también había estado leyendo un libro escrito en un idioma para mi indescifrable. El avión parecía estar suspendido silenciosamente en medio de la noche que se agolpaba en las ventanillas lejanas a nuestros asientos, a mitad de un océano que kilómetros abajo era una masa oscura, inmóvil como la sombra que nos circundaba y de vez en cuando daba unos breves saltos que me hacían estremecer.

Recliné mi asiento, me envolví en la manta hasta el cuello y apoyé la cabeza sobre el amplio pecho de Alberto. Aprovechando que bajo su cobertor él llevaba el cinturón y el pantalón desabrochados para descansar más cómodo, le bajé la cremallera y abracé su miembro en reposo con mi mano. En mis auriculares Sting, María Bethania y George Michael se alternaban para cantar en voz baja y me arrullaban. Aunque casi nunca he podido conciliar el sueño en los aviones, traté de dormir. Nos esperaban diez días de vacaciones en las soleadas islas del sur a las que viajábamos por primera vez, y quería estar fresca y despejada para disfrutar del reposo en compañía de mi marido.

La sola idea de saber que unas horas más tarde estaríamos los dos desnudos tendidos en la arena me producía un efecto de sensualidad y tibia placidez.

Comencé a tener pensamientos eróticos recordando la forma en que habíamos hecho el amor durante toda una tarde no lejana, a la orilla del mar turquesa de Playa del Carmen.

Nuestros cuerpos dorados y resbalosos debido al bronceador, se deslizaban uno sobre otro como dos delfines en rumorosa libertad, lejos de todo apresuramiento y aislados del formalismo citadino. Aquella vez lo cabalgué como enardecida amazona sobre las blancas arenas solitarias, mirando al sol que se mecía tras el oleaje cristalino. El viento, salobre y denso, humedecía mi frente y mis cabellos; tendido boca arriba y desde atrás, Alberto se aferraba amorosamente a mis caderas y a mis senos, pellizcándome los pezones, besándome los hombros y el cuello transpirados. Yo a la vez me acariciaba oprimiendo en círculos y con suavidad sus huevos contra mi clítoris eréctil, entregando a la luz todo mi cuerpo.

Esa tarde me vine varias veces mientras él se esforzaba en contener su propio orgasmo, y en esa posición acuclillada saqué su polla de su cálido recinto para franquearle la entrada en mi culo aceitado. Abierto, el cielo se incendiaba de violetas y naranjas y nosotros sumábamos nuestros gritos y gemidos al ronco vaivén de la marea. Además de nuestra amiga Amarilis, solamente yo era capaz de engullir enteramente su enorme largura y grosor entre las nalgas, y de disfrutar de sus briosas y dulces embestidas como loca.

Suavemente comencé a humedecerme bajo el reflujo de aquella evocación y extendí las piernas para sentir cómo se hinchaban poco a poco mi clítoris y mis labios.

Me saqué discretamente la tanga sin levantarme y sin moverme apenas de mi asiento, y aferrada al pene de Alberto me sumergí en las imágenes de aquella tarde, concentrándome en las sensaciones voluptuosas que inundaban mi cuerpo.

Recordé también que al regresar de la playa ese mismo día salimos a bailar a una ruidosa discoteca, y que luego fuimos al hotel para hacer el amor en compañía de Amarilis y de José, su esposo. Ella quería ser penetrada por primera vez por cada orificio de forma simultánea, y después de acariciarnos y besarnos rodando las dos en un larguísimo 69, se montó de un solo golpe y hasta la empuñadura sobre la verga magnífica de Alberto. José se hincó tras ella luego de lubricar su ano y empujó cuidadosamente su verga que yo me había encargado de ensalivar profusamente. Debido a las sinuosas contorsiones de mi amiga y por error de milímetros, la polla resbaló al interior de la ensortijada y pelirroja vagina de Amarilis que ya estaba ocupada por el miembro de mi marido.

Fue así como nuestros dos hombres llegaron al fondo de su vulva mientras ella gemía de delectación y de dolor. Yo lengüeteaba y succionaba el par de huevos que entrechocaban en los umbrales de su ensanchada abertura, contemplando las dos vergas apretadas una contra otra, entrando y saliendo, deslizándose rítmicamente en el interior de su vellosa carnosidad dispuesta al placer, hasta que Juan retomó su camino y la enculó paciente pero salvajemente hasta los pelos. A horcajadas, me senté sobre la cara de mi marido para que éste me devorara al tiempo que Amarilis mordisqueaba jadeante y sudorosa mis senos, mis orejas y mi cuello. Luego las dos cambiamos de sitio sin dejar de besarnos. El avión avanzaba en medio de la negrura que es la nada, y las frescas imágenes de pasión que se agolpaban y sucedían en mi memoria me hacían sonreír gozosa y me provocaban escalofríos anhelantes. Me estreché más al cuerpo de mi esposo.

Aquellos vívidos recuerdos del fin de semana en Playa del Carmen me calentaban tanto como los momentos de deleite que los crearon y que compartía con Alberto. De pronto, entre la ensoñación y la vigilia sentí un roce tibio sobre mi Monte de Venus. Era la mano de mi vecino oriental y no la mía, la que se había posado sobre mi entrepierna. Mi primer impulso fue el de apretar los muslos ante la turbadora intrusión del extraño, arrojar su mano lejos de mi, incorporarme y reclamarle escandalizada por ese absurdo atrevimiento.

Pero alguna incomprensible razón me impidió hacerlo.

Pensé que tal vez había advertido que me había quitado la tanga, y que aquello lo había interpretado como una invitación a acariciarme.

Con cierto temor, tal vez avergonzada y ciertamente curiosa y excitada, cerré los ojos y dejé que me tocara aquel desconocido a quien no habría de volver a ver después de esa noche. Permití que su palma reposara su dulce peso y calor sobre mi pelvis, y que minutos más tarde desabrochara cada botón de mi vestido camisero hasta dejarme semi desnuda bajo la frazada. Sin estorbos, su mano se dio a la tarea de deslizarse, lenta y sabiamente, de arriba a abajo, reconociendo la geografía de mi piel desde la doble protuberancia de mis senos hasta mis ingles, desde el anillo de plata de mi ombligo hasta mis muslos.

Al cabo de un largo rato, la mano del intruso se posó semejante a un pájaro de fuego en mi vagina ya empapada. Yo estaba petrificada por la excitación y por el miedo. Jamás una persona extraña me había tocado sin que yo lo desease y consintiera, y sin que Alberto también estuviera de acuerdo. Además de vez en cuando algún pasajero transitaba por los pasillos hacia los baños, aunque nadie, y en esas condiciones mi esposo mucho menos, podía advertir que bajo mi frazada descansara entremetida la mano tan cálida de mi compañero de la izquierda. Volví el rostro y lo miré de reojo: cubierto también con la manta hasta el cuello, el hombre permanecía con los ojos cerrados detrás de sus anteojos redondos, con la cabeza hacia el frente, inmóvil como estatua de un emperador de un reino magnífico.

Sus dedos, ajenos tal vez a su voluntad y a la mía, palpaban con cuidado aunque seguros, un territorio propio, antiguamente y de sobra conocido. Sus dedos eran largos y llenos de misterio. Con las uñas rozaba apenas mi clítoris, sumergía una yema en la humedad apretada de mi sexo y retornaba al exterior para rascar ligeramente la orilla de mis labios, lubricándome con el jugo que manaba en abundancia. Recibí la sabiduría ancestral de aquellas caricias que desde algún país desconocido y remoto en el tiempo y el espacio iban encendiendo la claridad de mi deseo. Más relajada y dispuesta a regalarme a mi misma esa experiencia volví a reclinar mi cabeza sobre el pecho de mi marido.

La tersa y hábil mano se detenía cuando percibía un mínimo movimiento de mis caderas que instintivamente empezaban a menearse y entendí el mensaje. Bajo la manta de lana, él haría suave y cadencioso aquel masaje, imperceptible para todos los pasajeros que dormían, incluyendo a Alberto, y yo no debía moverme, tan sólo concentrarme en su disfrute pleno.

Así es que contuve cualquier empuje pélvico y solamente abrí un poco más las piernas para dejar pasivamente que sus dedos continuaran crepitando en su deliciosa travesía. Flexioné una rodilla para sentarme encima de mi pie, y por mi tobillo empezaron a descender los primeros hilos de mi lubricación. Con lentos movimientos los dedos abrían y cerraban mi sexo, entraban un poco y salían para patinar unos segundos sobre el clítoris; luego presionaba su palma entera contra mi pubis mientras uno de sus dedos exploraba dulcemente mi ano que había dilatado su estrechez, y volvía a extraerlo para dar masaje a la entrada de mi vulva.

Penetraba y oprimía lo necesario para hacerme ansiar más profundamente la duplicada intrusión de sus caricias, repitiendo sin pausa ni prisa los mismos pasos una y otra vez, exasperándome casi, palpando en zigzag de abajo a arriba con delicadeza y con pleno conocimiento de los puntos donde el placer se incrementaba hasta hacerse realmente insoportable. Aquella mano tenía la masculina rugosidad del terciopelo.

Me acariciaba como si mi vulva fuera un dócil animal ajeno al resto de mi cuerpo, un gato montés domesticado, un conejo urgido de su fuerza y su fineza. Nadie, a excepción de Blanca o Amarilis quizá, que sabían sostenerme con la punta de su lengua en la cúspide de la excitación sin dejarme precipitar en la vorágine del goce, me había tocado con tal refinamiento, aunque aquel no era el momento de establecer comparaciones.

Como si doblaran secretos origamis, los dedos descendían desde el clítoris hasta el derredor del ano, entraban una y otra vez de forma breve, para aquietarse sin hacerme traspasar los linderos del orgasmo. Luego de mucho tiempo, el hombre retiró la mano y lo vi inclinarse para sacar de su maletín colocado bajo el asiento delante del suyo una lata redonda y plana, cuyo destello añil metálico creí reconocer entre las sombras. La abrió y metió en ella sus dedos y la volvió a cerrar. Debajo de la frazada su mano regresó al selvático rumor de mi entrepierna. El ungüento con el que él había lubricado sus dedos me produjo inmediatamente un intenso calor que trepó hasta mis mejillas y me hizo percibir con nitidez las aceleradas palpitaciones de mi sexo.

Aquella era una pócima extraordinaria cuya atávica composición incrementaba el fuego de un untuoso placer que me encendía, haciendo resbalar una vez más sus dedos por encima y a través de los suaves caminos por donde sus yemas se habían abierto paso con facilidad, arrastrándose sin premura y alternativamente. Me mordí los labios y contuve la respiración para no gemir, y apreté la verga de Alberto cuando me sobrevino el primero de los orgasmos que la experimentada mano de mi compañero de viaje me obsequiaba.

El goce de sus caricias era multiplicado por la intensa calidez de aquella fórmula cremosa que a partir de la raíz profunda y oculta entre mis nalgas se iba ramificando, para crecer por todos los poros de mi cuerpo y enardecer a su máxima pureza mis sentidos en flor. Mi sexo hinchado estaba extremadamente sensible a la sofisticación de su tacto y él lo supo de inmediato. Dejó nuevamente quieta su mano sobre mi pubis, con un dedo inserto en los latidos de mi sexo y otro dentro del relajado anillo del culo, como si sus falanges fuesen dos anzuelos que saborearan mis involuntarias contracciones, prolongando en mi agonía la sensación de su abrasadora destreza manual.

En silencio, con los músculos tensos, me comencé a correr nuevamente, empapada en sudor de la frente a los tobillos. Sentía estar ya fuera de mi, presa de mi deseo y a merced de la sapiencia de aquella mano que, aunque estuviese inmóvil, hacía que mi piel se erizara de pies a cabeza. El hombre interrumpió su dulce recorrido en el momento en que mis caderas empezaron a empujar ansiando más, pidiendo que los dedos engarzados en mi cuerpo entraran más a fondo y sin contemplaciones. La verga de Alberto se había endurecido por los apretones que yo había estado dándole cada vez que sentía sobrevenir un nuevo destello del éxtasis y había crecido hasta volverse tensa, lista para mis labios que buscaron con ansia su cabeza, y la introduje en mi boca. Empecé a succionarla al tiempo que la mano del extraño se movía de nuevo y hechizándome me llevaba a la cima de otro orgasmo.

Mi esposo seguía sumido en el sueño más hondo sin percatarse del estado al que me había conducido la maestría de mi diestro compañero de viaje, ni de que mi mano y mi lengua envolvían las oscuras palpitaciones de su miembro, paladeando su enhiesta textura, mamando su progresivo grosor y gusto a dátil.

Fue entonces cuando sentí la mirada de la vecina de asiento de Alberto, y levanté ligeramente la cabeza para buscar su mirada. Sus ojos agrandados tenían una mezcla de delirio y estupefacción por la escena que observaban, pero sus labios esbozaban una leve y cómplice sonrisa. Sabiéndome mirada sin cortapisas en mi deliciosa tarea y sin importarme ya que se hubiese deslizado de su sitio la manta de mi marido, regresé golosa sobre el miembro de Alberto. Al comenzar a lamerlo otra vez, aún viniéndome, advertí que bajo el cobertor de Fabiola se movían sus manos nerviosas. Sin dejar de chupar y envuelta en el oleaje del prolongado orgasmo, estiré mi brazo bajo la manta de la española donde encontré su propia mano. Ella se acariciaba con rapidez mirando el espectáculo de la verga de mi marido entre mis labios. Sin decirle nada, aparté suavemente su mano de su sitio, y puse la mía encima de la sedosidad depilada de su pubis. No tenía ropa interior y mis dedos hallaron de inmediato su clítoris tan erecto como el mío. Metí un dedo en aquella cueva mojada y empecé a masturbarla con la misma ternura que el oriental me acariciaba desde hacía no sé cuántas horas. Los dedos de Fabiola se disolvieron entre los cabellos revueltos de mi nuca, empujándome hacia abajo para que mi garganta se llenara de la polla de Alberto hasta los huevos resbaladizos, e imprimió un ritmo cadencioso a mi mamada. Me quité un instante para lamer la base del miembro de mi marido, y ella se inclinó para absorber la hinchadísima cabeza que mi otra mano le brindaba. Alberto continuaba dormido, respirando pesadamente. Introduje otro de mis dedos entre los blandos pliegues de la chica, y di un suculento masaje a su clítoris inflamado. A lo largo de media hora que me pareció eterna, mi boca se unió a la suya, besándonos en torno a la punta de la verga de mi marido, hasta que eyaculó un primer chorro espeso que recogimos las dos con las ávidas lenguas, absorbiendo después los que vinieron y el sabroso miembro volvió, seco por nuestras bocas, a su estado normal sin achicarse. Ella se echó para atrás contra el respaldo de su asiento y separando aún más las piernas apretó mi mano con las suyas cuando sintió llegar un orgasmo explosivo, al tiempo de que los cálidos dedos del extraño me conducían en vilo hacia la cumbre de otro orgasmo, éste más suave que los anteriores pero también más alto y ensanchado. Después que el oriental retiró su mano yo dejé chapotear mis dedos en la caliente lubricación que derramaba el sexo mullido de Fabiola, hasta que encendieron la luces de la cabina y entonces tuve que incorporarme con prontitud para cubrir a Alberto y recobrar la compostura antes que las azafatas empezaran a desfilar por los pasillos llevando y trayendo bandejas con agua, café y jugos de fruta. Desde el hombro de mi marido le sonreí a Fabiola y ella se acercó para besar mis mejillas brevemente y decirme al oído, suspirando: –Eres maravillosa y quiero follar contigo en cuanto nos instalemos en el hotel. Voy a hacer que me alojen en un cuarto junto al vuestro– añadió sonriendo en medio del resuello. Su cabello olía a hierbas silvestres y su aliento conservaba el inconfundible sabor de Alberto. La maravillosa eres tú– le regresé el piropo y fui sincera al decírselo. Yo no me atrevía a volver el rostro hacia el vecino de asiento que me había proporcionado aquellas horas majestuosas en la privilegiada sombra del vuelo. Mi marido despertó minutos después del aterrizaje. Alberto esperaba impaciente a que salieran nuestras maletas en la banda transportadora cuando vi a lo lejos a mi compañero de viaje frente a la ventanilla del cambio de divisas. Aproveché para acercármele por la espalda al momento que el cajero le daba monedas y billetes. Quería expresarle mi gratitud por aquellas intensas e infinitas horas de placer que me había prodigado entre la oscuridad nocturna. El también me miró, hermético y contenido, sin traslucir emoción de ningún tipo. Thanke you –le dije con la más amplia de mis sonrisas, satisfecha. De nada, señora –me respondió inmutable en perfecto español y con marcado acento norteño–, el placer ha sido mío. Aquel hombre de pulcro aspecto oriental a quien debía tantos y tan magníficos orgasmos era tan mexicano como yo. Xicoténcatl Terreros Pérezluna, traductor del árabe y el hebreo, catedrático de griego y latín en una universidad chihahuense, rezaba la tarjeta de presentación que me dio junto con la pequeña lata envuelta en mi tanga todavía húmeda. De inmediato las guardé en mi bolso de mano. Consérvela en memoria de este viaje –me dijo– a usted yo la recordaré de hoy en adelante para siempre. Sorprendida y sin responderle o darle las gracias en nuestro idioma común, regresé rápidamente con Alberto que ya había recuperado el equipaje y el sentido del humor, y salimos del aeropuerto. En el taxi camino al hotel, me sobrevino otro orgasmo, sin aviso previo, sin estímulo de ninguna especie. El ungüento seguía haciendo su efecto y abrí la ventana con el propósito meter el rostro entre las húmedas ráfagas del día, al tiempo que hacía esfuerzos para que no se notaran mis jadeos. Aspiré a bocanadas el viento del verano austral. Luego de haberme bañado en el jacuzzi con abundante espuma y de recobrar nuevamente la frescura, y mientras Alberto entraba a tomar una ducha que le devolviera la plenitud de su conciencia, salí al balcón del cuarto del hotel para que el aire secara mi piel y llenara de yodo mis pulmones. Aún me palpitaban, abultados, los labios inferiores. Ahí, frente al mar y a cielo abierto abrí el bolso y saqué la lata azul metálico de su envoltorio de satín y encaje. Para mi asombro, la pequeña lata era similar a la que yo llevaba en mi equipaje, dentro del maletín donde guardaba los bronceadores, el perfume, las cremas y un par de vibradores. Era la misma crema humectante que utilizo desde la adolescencia para quitarme el maquillaje que ocasionalmente aplico sobre mis pestañas y párpados. No tenía nada de mágica o de ancestral como supuse, o como mi imaginación desbordada me hizo creer, cuando la mano de mi hábil y sigiloso vecino de asiento me la aplicó para incendiarme larga y sostenidamente hasta el arrebato de mis sentidos. No sabía si reír de mi fantástica ingenuidad o realmente tomar conciencia de que aquellos placeres sensacionales se debían a una simple y sencilla crema limpiadora del cutis, y que la mano prodigiosa que me había transportado en un tumultuoso viaje hacia mis laberintos interiores era realmente poseedora de una sapiencia milenaria, una sabiduría acumulada por los siglos en los que los seres humanos hemos sido capaces de reconocernos en el deseo del otro y en la entrega sin ambages o acondicionamientos. Desnuda en la terraza de un hotel desconocido, de cara un océano luminoso que me abría sus íntimos secretos y me envolvía de brisa y alegría, solté una incontenible risotada. Me sentí feliz por aquel instante, más mágico aún que los que se desgranaron durante el viaje. Desde el balcón adosado al de nuestra habitación escuché una voz agradable y cristalina–: Hola, ¿de qué ríes, qué te ha hecho tanta gracia? Quien me hacía la pregunta era Fabiola, la hermosa española, desnuda de la cintura para arriba, vestida únicamente con un pareo transparente anudado en la cadera y mostrando sus pechos espléndidos, coronados por dos grandes y sonrosados óvalos, al sol del mediodía. Tras ella, abrazándola cariñosa por los hombros, su pareja también desnuda y mojada como yo, me sonreía intrigada. Seguramente Fabiola ya le habría contado acerca de la manera en que ella y yo nos habíamos conocido durante el vuelo. Se llamaba Rubí y el cabello dorado le caía hasta la cintura sensual de su cuerpo brasileño. Ella oprimía sus senos tiernamente a la espalda brillante y aceitada de mi nueva amiga. Me río de la vida y con la vida, por el placer de saberme llena de sorpresas y de energía –respondí acercándome a ellas para abrazarlas y besarlas por encima de la barandilla de poca altura que nos separaba–, y les di la lata que contenía la crema milagrosa. Tendríamos diez días para compartir aquel regalo que de mi mano, o de la mano feliz del azar o la fortuna, nos llegó del cielo. Al unir la humedad de nuestras lenguas, súbitamente sentí ascender, vigoroso y expansivo, el suntuoso temblor de un nuevo orgasmo

Relato erotico que finaliza esta serie de relatos de mano de un tio con dos pivones que no paran de hacerle una mamada brutal tras otra

Cuando la chupapollas se repuso después de la fantástica corrida que había tenido vino junto a la rubia que ya estaba comiendo la polla. Yo seguía con las dos manos encadenadas a la silla, impotente. Pero encantado.

Se estaba cumpliendo una de mis grandes fantasías desde siempre. Siempre había querido que dos tías me comieran la polla a la vez. Y allí estaban dos bombones, dos tías que estaban buenísimas comiéndome la polla como dos perras.

Y allí estaba las dos. Las dos lenguas se movían y se iban desplazando con rapidez por toda mi polla. Desde mis huevos hasta mi prepucio. Me estaban comiendo la polla de una manera increíble. Pero lo que más me gustaba es cuando una de ellas se metía todo mi capullo en su boca mientras la otra me comía los huevos.

Ambas se turnaban en esta operación, se alternaban los papeles, pero yo estaba gozando muchísimo. Era una sensación increíble. Nunca había gozado tanto en mi vida.

Estaba excitadísimo con lo que me estaban haciendo. Además, ver cómo se lo habían montado antes entre ellas me había puesto muchísimo. Estaba apunto de correrme aunque quería aguantar lo máximo posible pues lo estaba pasando en grande y sabía que este sueño, por desgracia, no se repetiría siempre.

Pero era imposible aguantar mucho tiempo. Las dos bocas se movían con mucha fuerza. La lengua de la rubia en mi capullo me estaba haciendo ver las estrellas mientras que la morena comiéndome los huevos y lamiéndome la base de la polla me estaba haciendo gozar cómo un cabrón.

Mis gemidos eran cada vez más acelerados y más entrecortados y mi polla estaba cada vez más roja y más dura. Ellas parecieron adivinar lo que estaba apunto de ocurrir pues se pusieron las dos a lamerme el capullo frenéticamente. Las dos lenguas estaban lamiéndome el capullo y el frenillo.

Era demasiado para mí y no pude aguantar más. Me corrí en la boca de las dos. Mis sacudidas eran enormes y mis chorros de semen también. Ellas lo disfrutaron todo. Se besaban entre ellas con los labios y la boca llena de semen, me besaban a mí para que saboreara mi flujo.

Definitivamente estaba en el paraíso. Eran dos Diosas y me estaban haciendo descubrir las maravillas del cielo. No sé que sería lo próximo que me harían pero estaba deseando sentirlo

Relato erotico que cuenta una mujer sobre su amance en la red. Las cosas tan guarras que se pueden escribir y lo que nos gusta al resto leer. Que disfruteis este relato porno

Hola amor:
No se todavía cual va a ser tu próximo mensaje. Pero lo que si sé es que estoy esperándolo con mucha ansiedad. Tengo ganas de ti hoy día no te imaginas como. Me puse a jugar un poco con Internet y buscaba a alguien que se te pareciera. Quería que sea una sorpresa lo que iba a hacer pero en ese momento no pude aguantar más. Entré a un portal en el que hombres y mujeres buscaban compañía. Empecé a ojear una que otra foto y no te imaginas lo que encontré… “Tu foto”. Estabas ahí!!! Mi adorado estaba en un portal de Internet. Y… desnudo!!! Que hermoso eras para mí. Empecé a indagar más respecto del portal y pude ver como se mandaban las fotos y se hacían los contactos. Así que me animé. Fui a un estudio fotográfico que conocía (una amiga lo atiende) y le dije que quería tomarme una foto como Dios me trajo al mundo. Pose una, dos, tres y muchas veces (hasta sospeché que mi amiga la fotógrafa se quería pasar de lista) pero cuando todo acabó ya tenía la foto elegida y todos los negativos de mi atrevida aventura. Regresé a casa y escanee la mejor estaba yo echada en una cama de la tienda y me hice un retoque con unas maripositas que encontré en el software. Estaba toda yo. Volví al portal y busque nuevamente a mi amado desnudo. Me inscribí en el y decidí escribirte: Hola, te dije, veo que la foto que te pedí la pusiste en un portal. Estas bello desnudo y mi muñeco parece un emperador en su trono. Todo erecto él. Cual un señor. Yo quiero ofrecerte algo que ahora aquel emperador se transforme y se deleite… mi foto!!!. Y te envíe aquella que con tanta dedicación retoqué para ti. Esperaba tu respuesta en cualquier momento por lo que me quedé en la máquina en total éxtasis y desesperación. Pasaron unos minutos y llegó la tan ansiada respuesta.

Que hermosa eres… Me dijiste. Tienes un cuerpo tan deseable que me gustaría tenerte a mi lado en este momento. Ven a mi amada mía!!!. Y yo me metí en la pantalla. Pasé por un sinfín de portales buscando el que te acogía. Pasaron segundos que me resultaron eternos. Pero, así es la tecnología, llegué por fin… y te vi. Me preguntaste si querías apagar la máquina para que nadie pudiera vernos. Yo dije que no!!!! Que al fin era solo un portal y que erramos solo imágenes que no iban a hacer daño a nadie. Ingresamos al sitio cama.com, era bella. Grande, acogedora, ventilada, llena de flores y en uno de los ramos encontré una tarjeta que me decía: “Bienvenida amada Maria Jesús. Ahora sí estamos juntos.” Tiernamente me abrazaste, me besaste y me alzaste llevándome a la cama. Yo estaba feliz!!!! Tenía a mi Daniel desnudo en sus brazos y sus manos me acariciaban toda mientras me extasiaba con sus besos. Mis labios estaban que gozaban con los suyos. Su lengua parecía un remolino de deseos que se introducía profundamente en mi. Sus dedos de la mano derecha empezaron a jugar con la Cuchi y con el potito que tanto deseaban sentir ese deleite. Me echaste en la cama con dulzura. Yo te pedí que te pararas un momento frente a mi. Quería deleitarme con tu imagen. Conocerte todo!!! Te di vueltas. Te acaricié todo. Sólo veía tu carita como cuando estabas en mis sueños. Llena de gozo y en espera del momento tan deseado por ambos. Tomé tu carita y la coloque en mis senos como invitándote a beber. Tu te deshiciste en halagos y besos y caricias con ellos. Mientras que tus manos no dejaban de trabajar. Una me acariciaba el rostro con total delicadeza, mientras que la otra empezó el juego añorado con su chuchi. Un dedito, dos deditos. Sentí ambos dentro de mí mientras que la Cuchi respondía con ardiente candor y rebalsaba sus juguitos. Tu mano ya estaba llena de ellos cuando te decidiste e introdujiste un dedo y luego otro en mi potito. Luego sentí tres (índice, anular, medio) que jugaban con mi potito y el pulgar que lo hacía con la lengüita de la Cuchi (clítoris). Suavemente, con ternura hacías rotar ese dedo y me llenabas de deseo y placer.

Sentí tus labios besar mi senos y bajar con su lengüita por mi vientre hasta llegar al lugar del dedo juguetón y reemplazarlo. Ahora era tu lengüita la que jugaba. Se introducía y salía constantemente. Llegó un momento en que se introdujo y se alzó dentro tocando un pliegue rugoso en el canal superior interno que me llenó de placer… era una lengua traviesa y larga… Mis jugos empezaron a salir a borbotones y veía como los tomabas todos con deleite e inmenso placer. Algo de ese jugo resbaló hacia mi potito lubricándolo aún más de lo que estaba. Esa lengüita loca no se hizo esperar, o ya lo tenía planificado, y se dirigió a él. Primero sentí una mordidita en mis nalgas, luego unos besos que absorbían y marcaban mi piel hasta que por fin sentí penetrar tu lengüita en mi potito. Al igual que la cuchi, una y otra vez… y otra… y ya no podía más y solté un orgasmo maravilloso. Fuiste rápido para no perder esos jugos y te los tomaste todos. Mientras tanto el muñeco no hacía más que crecer y engrosar. Estaba hermoso como su dueño!!! Mis dedos jugaban con el y se deleitaban también con sus bolitas. Me moví un poquito para no perjudicar a mi amado dejándolo que gozara con sus huequitos adorados mientras que yo, con lentitud y delicadeza, dirigía mis labios ante aquél magnifico emperador. Al principio fue sólo la lengüita la que se deleitó. La pasé por todo su cuerpo cilíndrico e inmenso. Toque su glande y el orificio chupándolo y saboreándolo con placer. Introduje mi lengua en ese agujerito pequeño que tiene el glande y empecé a darle vueltas. Sentí tu placer. Mi muñeco estaba ya por explotar. No lo permití. No quería todavía. Empecé a acariciar y besar a mis bolitas ricas mientras que mis manos jugaban con la punta del muñeco. Bajé un poco más y bese tu potito así como tu hiciste con el mío. Goce total!! Estuviste excitado al máximo. Ahí fue donde me percaté de que tenía uñas largas y de que no podía tocar tu potito sin dañarte (quise enseñarte lo que la medicina dice a gritos… el masaje anal en el varón produce un masaje prostático que lo deleita inmensamente!! pero las uñas me lo impidieron… pensé: “a la próxima me corto las uñas”).

Mientras tanto nuestros cuerpos jugaban y se deleitaban en un sinfin de placeres y jugos de ambos. No pudiste más y me miraste a los ojos como diciéndome: “Ven amada mía, seamos uno”. Te echaste sobre mi besándome locamente e introduciendo aquel hermoso miembro viril, mi muñeco, profundamente dentro de mi. El primer movimiento llevó a un segundo y este a miles y miles que parecían uno… el goce fue infinito. Un beso, un suspiro, un grito… y el olvido supremo de la vida. Fueron muchas las veces que hicimos el amor ese día hasta que nos dimos cuenta que estabamos en línea y que todo el mundo nos estaba viendo!!! Bueno, dijimos. Un amor así no debe ser oculto. Algo aprenderán de todo esto!! Y nos empezamos a reír… y besarnos mucho. Cada uno salió por distinta pantalla. Yo en la cabina privada y tu en tu trabajo. Pero, Oh! casualidad, cuando abrimos nuestros correos estaban llenos de mensajes de “pcvidentes” que nos felicitaban y preguntaban si era real lo que vieron o un montaje.

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