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dos lesbiana un gilipollasDos lesbianas se estan dando el lote, mientras un capullo le toca el chocho a una de ellas. Al final mas por pena que por otra cosa, le hacen un favor, y se lo follan entra las dos, le dan unas mamadas brutales y se lo follan. Mientras una esta siendo penetrada, la otra le chupa los huevos y se los mama bien. Quien pillar a estas dos zorras, ademas una de ellas negras, ufff como me pone.

Esta es la historia de un trío que realicé con una pareja que conocí por medio de una revista sw. Quiero aclarar que esto lo cuento con el permiso de ellos, de no ser así jamás lo haría, no menciono nombres para cuidar su identidad. Después de escribirnos e intercambiar teléfonos, acordamos el día que nos conoceríamos, ellos son de otra ciudad, pero viajarían de vacaciones a Acapulco, que es donde yo vivo…

Por teléfono él me había comentado que era la primera vez que harían algo así, que el tenía la inquietud de verla con otro teniendo sexo, ya lo había platicado con ella y estando en la cama ella le decía que si, pero que dudaba un poco después de pasada la calentura, y que estando acá, tal vez se animaría, ya que acá no los conoce nadie. Cuando estuvieron aquí, me llamó él, me dijo donde estaban y fui para allá, nos presentamos, ellos son un poco más bajitos que yo, de unos 40 años aproximadamente, agradables personas. Después de un rato de estar charlando parecía que nos conocíamos de tiempo antes, fuimos a bailar ya que a ellos les gusta mucho, con la intención de que ella con unas copas, perdiera los nervios. Después de estar un buen rato bailando, nos dispusimos a retirarnos a un hotel, entramos al cuarto, él se sentó en una silla que estaba al lado de la cama, me dijo que comenzara a besarla, ella estaba sentada en la cama, la abracé y comencé a tocarla, estaba un poco nerviosa, poco a poco se fue relajando, la besé y poco a poco correspondió al beso, la comencé a desnudar, el esposo observaba excitado, cuando estuvo desnuda le besé el cuello, sus senos, el abdomen, pero no permitió que le besara la vagina. De pronto él se paró de la silla, y comenzó a besarla, me dijo: quiero ver que la penetres, me puse un preservativo, él le abrió las piernas y me dispuse a penetrarla, él observaba todo al lado de ella, se la introduje lentamente y comencé a moverme mientras él la besaba, ella comenzó a disfrutarlo, poco a poco se fue relajando y se movía cada vez que yo entraba y salía, con las piernas en mis hombros hacía movimientos circulares. Así estuvimos un buen rato hasta que terminé, pero él quería ver más y me dijo que se lo hiciera de nuevo. Me coloqué otro preservativo, le dijo que ella se me subiera estando yo recostado, ya que a ella así le gustaba y lo disfruta más, estando así, ella arriba de mí se movía muy rico, y gemía un poco más fuerte que al principio, hasta que llegó al orgasmo, estuvo un buen rato cabalgando hasta terminar otras dos veces más. Después me volví a poner encima de ella y seguí penetrándola. Ahora ella ya lo disfrutaba más, y él también ya que se estaba cumpliendo su fantasía. Terminé y descansamos un poco, entonces él, se le subió y la penetro, con muchas ganas, ya que nos dijo que estaba caliente por lo que estaba pasando. Mientras él se lo hacía ella me masturbaba. Cuando el terminó me dijo que si ya me había cansado, a lo que contesté que no, entonces dijo: dale más, y así lo hice. Mientras se lo hacía ella me besó y me dijo que lo estaba disfrutando, que le encantaba la idea de tener dos miembros para ella sola. Así estuvimos mucho rato, nosotros haciéndolo y él observando todo. Ya casi al amanecer, nos dispusimos a retirarnos, quedando de volver a repetir la experiencia, cuando ellos volvieran. Esto hace ya más de un año, y hasta la fecha no han venido, pero les llamo de vez en cuando para saber como están, me dicen que esperan venir pronto, y yo espero que así sea. Mientras tanto sigo buscando conocer más parejas que quieran también realizar sus fantasías, ya sea que ellos quieran ver a sus esposas en acción, o para darle placer ambos. Hay a quienes les gusta que vean a sus esposas exhibiéndose, o que las cachondeen, en alguna disco al bailar o en algún cine. Si hay alguien con alguna de estas inquietudes y quieran darme la oportunidad, soy hombre solo, hetero, discreto, respetuoso, escriban con datos, teléfono, foto de ella, si gustan. Que quede bien claro que al contar esta historia lo hago con el consentimiento de ellos, y que no pretendo con esto cause problemas a nadie, por eso omití sus nombres, Así que, si quieren vivir algo parecido, pónganse en contacto a mi correo. Manden algún comentario o escriban para contacto.

Alguna vez habeis estado con dos lesbianas a la vez? Solo verlas dandose placer y chupando culos es una de las cosas que mas me ponen, lo mejor es que si estas con ellas luego vienen a chupar polla y tragar leche. Este relato erotico os enseña todo lo que podeis hacer si os encontrais con un par de zorras con ganas de porno brutal

Al terminar la segunda película apagué la luz, y contra el respaldo del asiento delantero plegué la mesilla en la que se apilaban dos revistas y la novela que estuve leyendo casi desde que el avión tomó pista de despegue.

Tapado con el cobertor de lana hasta la mitad del pecho, Alberto, mi marido, dormía como un tronco en el asiento contiguo a mi derecha y su profunda respiración era tranquila. Él, que casi no probaba el alcohol salvo en alguna fiesta o en ocasiones especiales, se había bebido entera la botellita de vino tinto a la hora de la cena que ni siquiera tocó. Además se había tomado dos whiskys dobles en el aeropuerto para atemperar el nerviosismo y mal humor que le producían los vuelos largos, y así conciliar el sueño durante toda la noche, sin que le importaran las turbulencias o las 12 horas de aquel viaje claustrofóbico sentado en los asientos centrales de la última fila del avión repleto de pasajeros.

A su otro lado, una bella española, andaluza y trigueña de labios carnosos y ojos color miel, también dormitaba cubierta con la ligera frazada hasta los hombros. La vi cuando tomó asiento, alisando su minifalda color marfil que descubría unas piernas espléndidas y se ajustaba al relieve prominente de su trasero.

Alberto había estado charlando animadamente con ella durante la primera hora del vuelo, e incluso intercambiaron sus respectivas tarjetas de presentación. Se llamaba Fabiola, nos dijo, y era antropóloga. Ella iba también de vacaciones y se hospedaría en el mismo hotel que nosotros, donde ya la aguardaba su pareja. En la semi penumbra de la cabina, resplandecía serenamente el hermoso perfil de la mujer y sus labios tarareaban en silencio la música que llenaba sus oídos.

A mi izquierda viajaba un caballero de aspecto oriental, quizá japonés o malayo de ojos almendrados y edad indefinida como todos los seres de su raza, con el que apenas intercambié algunas frases de cortesía en mal inglés, cuando cenábamos. Sus modales eran elegantes, casi solemnes, y su rostro hierático e imperturbable.

El también había estado leyendo un libro escrito en un idioma para mi indescifrable. El avión parecía estar suspendido silenciosamente en medio de la noche que se agolpaba en las ventanillas lejanas a nuestros asientos, a mitad de un océano que kilómetros abajo era una masa oscura, inmóvil como la sombra que nos circundaba y de vez en cuando daba unos breves saltos que me hacían estremecer.

Recliné mi asiento, me envolví en la manta hasta el cuello y apoyé la cabeza sobre el amplio pecho de Alberto. Aprovechando que bajo su cobertor él llevaba el cinturón y el pantalón desabrochados para descansar más cómodo, le bajé la cremallera y abracé su miembro en reposo con mi mano. En mis auriculares Sting, María Bethania y George Michael se alternaban para cantar en voz baja y me arrullaban. Aunque casi nunca he podido conciliar el sueño en los aviones, traté de dormir. Nos esperaban diez días de vacaciones en las soleadas islas del sur a las que viajábamos por primera vez, y quería estar fresca y despejada para disfrutar del reposo en compañía de mi marido.

La sola idea de saber que unas horas más tarde estaríamos los dos desnudos tendidos en la arena me producía un efecto de sensualidad y tibia placidez.

Comencé a tener pensamientos eróticos recordando la forma en que habíamos hecho el amor durante toda una tarde no lejana, a la orilla del mar turquesa de Playa del Carmen.

Nuestros cuerpos dorados y resbalosos debido al bronceador, se deslizaban uno sobre otro como dos delfines en rumorosa libertad, lejos de todo apresuramiento y aislados del formalismo citadino. Aquella vez lo cabalgué como enardecida amazona sobre las blancas arenas solitarias, mirando al sol que se mecía tras el oleaje cristalino. El viento, salobre y denso, humedecía mi frente y mis cabellos; tendido boca arriba y desde atrás, Alberto se aferraba amorosamente a mis caderas y a mis senos, pellizcándome los pezones, besándome los hombros y el cuello transpirados. Yo a la vez me acariciaba oprimiendo en círculos y con suavidad sus huevos contra mi clítoris eréctil, entregando a la luz todo mi cuerpo.

Esa tarde me vine varias veces mientras él se esforzaba en contener su propio orgasmo, y en esa posición acuclillada saqué su polla de su cálido recinto para franquearle la entrada en mi culo aceitado. Abierto, el cielo se incendiaba de violetas y naranjas y nosotros sumábamos nuestros gritos y gemidos al ronco vaivén de la marea. Además de nuestra amiga Amarilis, solamente yo era capaz de engullir enteramente su enorme largura y grosor entre las nalgas, y de disfrutar de sus briosas y dulces embestidas como loca.

Suavemente comencé a humedecerme bajo el reflujo de aquella evocación y extendí las piernas para sentir cómo se hinchaban poco a poco mi clítoris y mis labios.

Me saqué discretamente la tanga sin levantarme y sin moverme apenas de mi asiento, y aferrada al pene de Alberto me sumergí en las imágenes de aquella tarde, concentrándome en las sensaciones voluptuosas que inundaban mi cuerpo.

Recordé también que al regresar de la playa ese mismo día salimos a bailar a una ruidosa discoteca, y que luego fuimos al hotel para hacer el amor en compañía de Amarilis y de José, su esposo. Ella quería ser penetrada por primera vez por cada orificio de forma simultánea, y después de acariciarnos y besarnos rodando las dos en un larguísimo 69, se montó de un solo golpe y hasta la empuñadura sobre la verga magnífica de Alberto. José se hincó tras ella luego de lubricar su ano y empujó cuidadosamente su verga que yo me había encargado de ensalivar profusamente. Debido a las sinuosas contorsiones de mi amiga y por error de milímetros, la polla resbaló al interior de la ensortijada y pelirroja vagina de Amarilis que ya estaba ocupada por el miembro de mi marido.

Fue así como nuestros dos hombres llegaron al fondo de su vulva mientras ella gemía de delectación y de dolor. Yo lengüeteaba y succionaba el par de huevos que entrechocaban en los umbrales de su ensanchada abertura, contemplando las dos vergas apretadas una contra otra, entrando y saliendo, deslizándose rítmicamente en el interior de su vellosa carnosidad dispuesta al placer, hasta que Juan retomó su camino y la enculó paciente pero salvajemente hasta los pelos. A horcajadas, me senté sobre la cara de mi marido para que éste me devorara al tiempo que Amarilis mordisqueaba jadeante y sudorosa mis senos, mis orejas y mi cuello. Luego las dos cambiamos de sitio sin dejar de besarnos. El avión avanzaba en medio de la negrura que es la nada, y las frescas imágenes de pasión que se agolpaban y sucedían en mi memoria me hacían sonreír gozosa y me provocaban escalofríos anhelantes. Me estreché más al cuerpo de mi esposo.

Aquellos vívidos recuerdos del fin de semana en Playa del Carmen me calentaban tanto como los momentos de deleite que los crearon y que compartía con Alberto. De pronto, entre la ensoñación y la vigilia sentí un roce tibio sobre mi Monte de Venus. Era la mano de mi vecino oriental y no la mía, la que se había posado sobre mi entrepierna. Mi primer impulso fue el de apretar los muslos ante la turbadora intrusión del extraño, arrojar su mano lejos de mi, incorporarme y reclamarle escandalizada por ese absurdo atrevimiento.

Pero alguna incomprensible razón me impidió hacerlo.

Pensé que tal vez había advertido que me había quitado la tanga, y que aquello lo había interpretado como una invitación a acariciarme.

Con cierto temor, tal vez avergonzada y ciertamente curiosa y excitada, cerré los ojos y dejé que me tocara aquel desconocido a quien no habría de volver a ver después de esa noche. Permití que su palma reposara su dulce peso y calor sobre mi pelvis, y que minutos más tarde desabrochara cada botón de mi vestido camisero hasta dejarme semi desnuda bajo la frazada. Sin estorbos, su mano se dio a la tarea de deslizarse, lenta y sabiamente, de arriba a abajo, reconociendo la geografía de mi piel desde la doble protuberancia de mis senos hasta mis ingles, desde el anillo de plata de mi ombligo hasta mis muslos.

Al cabo de un largo rato, la mano del intruso se posó semejante a un pájaro de fuego en mi vagina ya empapada. Yo estaba petrificada por la excitación y por el miedo. Jamás una persona extraña me había tocado sin que yo lo desease y consintiera, y sin que Alberto también estuviera de acuerdo. Además de vez en cuando algún pasajero transitaba por los pasillos hacia los baños, aunque nadie, y en esas condiciones mi esposo mucho menos, podía advertir que bajo mi frazada descansara entremetida la mano tan cálida de mi compañero de la izquierda. Volví el rostro y lo miré de reojo: cubierto también con la manta hasta el cuello, el hombre permanecía con los ojos cerrados detrás de sus anteojos redondos, con la cabeza hacia el frente, inmóvil como estatua de un emperador de un reino magnífico.

Sus dedos, ajenos tal vez a su voluntad y a la mía, palpaban con cuidado aunque seguros, un territorio propio, antiguamente y de sobra conocido. Sus dedos eran largos y llenos de misterio. Con las uñas rozaba apenas mi clítoris, sumergía una yema en la humedad apretada de mi sexo y retornaba al exterior para rascar ligeramente la orilla de mis labios, lubricándome con el jugo que manaba en abundancia. Recibí la sabiduría ancestral de aquellas caricias que desde algún país desconocido y remoto en el tiempo y el espacio iban encendiendo la claridad de mi deseo. Más relajada y dispuesta a regalarme a mi misma esa experiencia volví a reclinar mi cabeza sobre el pecho de mi marido.

La tersa y hábil mano se detenía cuando percibía un mínimo movimiento de mis caderas que instintivamente empezaban a menearse y entendí el mensaje. Bajo la manta de lana, él haría suave y cadencioso aquel masaje, imperceptible para todos los pasajeros que dormían, incluyendo a Alberto, y yo no debía moverme, tan sólo concentrarme en su disfrute pleno.

Así es que contuve cualquier empuje pélvico y solamente abrí un poco más las piernas para dejar pasivamente que sus dedos continuaran crepitando en su deliciosa travesía. Flexioné una rodilla para sentarme encima de mi pie, y por mi tobillo empezaron a descender los primeros hilos de mi lubricación. Con lentos movimientos los dedos abrían y cerraban mi sexo, entraban un poco y salían para patinar unos segundos sobre el clítoris; luego presionaba su palma entera contra mi pubis mientras uno de sus dedos exploraba dulcemente mi ano que había dilatado su estrechez, y volvía a extraerlo para dar masaje a la entrada de mi vulva.

Penetraba y oprimía lo necesario para hacerme ansiar más profundamente la duplicada intrusión de sus caricias, repitiendo sin pausa ni prisa los mismos pasos una y otra vez, exasperándome casi, palpando en zigzag de abajo a arriba con delicadeza y con pleno conocimiento de los puntos donde el placer se incrementaba hasta hacerse realmente insoportable. Aquella mano tenía la masculina rugosidad del terciopelo.

Me acariciaba como si mi vulva fuera un dócil animal ajeno al resto de mi cuerpo, un gato montés domesticado, un conejo urgido de su fuerza y su fineza. Nadie, a excepción de Blanca o Amarilis quizá, que sabían sostenerme con la punta de su lengua en la cúspide de la excitación sin dejarme precipitar en la vorágine del goce, me había tocado con tal refinamiento, aunque aquel no era el momento de establecer comparaciones.

Como si doblaran secretos origamis, los dedos descendían desde el clítoris hasta el derredor del ano, entraban una y otra vez de forma breve, para aquietarse sin hacerme traspasar los linderos del orgasmo. Luego de mucho tiempo, el hombre retiró la mano y lo vi inclinarse para sacar de su maletín colocado bajo el asiento delante del suyo una lata redonda y plana, cuyo destello añil metálico creí reconocer entre las sombras. La abrió y metió en ella sus dedos y la volvió a cerrar. Debajo de la frazada su mano regresó al selvático rumor de mi entrepierna. El ungüento con el que él había lubricado sus dedos me produjo inmediatamente un intenso calor que trepó hasta mis mejillas y me hizo percibir con nitidez las aceleradas palpitaciones de mi sexo.

Aquella era una pócima extraordinaria cuya atávica composición incrementaba el fuego de un untuoso placer que me encendía, haciendo resbalar una vez más sus dedos por encima y a través de los suaves caminos por donde sus yemas se habían abierto paso con facilidad, arrastrándose sin premura y alternativamente. Me mordí los labios y contuve la respiración para no gemir, y apreté la verga de Alberto cuando me sobrevino el primero de los orgasmos que la experimentada mano de mi compañero de viaje me obsequiaba.

El goce de sus caricias era multiplicado por la intensa calidez de aquella fórmula cremosa que a partir de la raíz profunda y oculta entre mis nalgas se iba ramificando, para crecer por todos los poros de mi cuerpo y enardecer a su máxima pureza mis sentidos en flor. Mi sexo hinchado estaba extremadamente sensible a la sofisticación de su tacto y él lo supo de inmediato. Dejó nuevamente quieta su mano sobre mi pubis, con un dedo inserto en los latidos de mi sexo y otro dentro del relajado anillo del culo, como si sus falanges fuesen dos anzuelos que saborearan mis involuntarias contracciones, prolongando en mi agonía la sensación de su abrasadora destreza manual.

En silencio, con los músculos tensos, me comencé a correr nuevamente, empapada en sudor de la frente a los tobillos. Sentía estar ya fuera de mi, presa de mi deseo y a merced de la sapiencia de aquella mano que, aunque estuviese inmóvil, hacía que mi piel se erizara de pies a cabeza. El hombre interrumpió su dulce recorrido en el momento en que mis caderas empezaron a empujar ansiando más, pidiendo que los dedos engarzados en mi cuerpo entraran más a fondo y sin contemplaciones. La verga de Alberto se había endurecido por los apretones que yo había estado dándole cada vez que sentía sobrevenir un nuevo destello del éxtasis y había crecido hasta volverse tensa, lista para mis labios que buscaron con ansia su cabeza, y la introduje en mi boca. Empecé a succionarla al tiempo que la mano del extraño se movía de nuevo y hechizándome me llevaba a la cima de otro orgasmo.

Mi esposo seguía sumido en el sueño más hondo sin percatarse del estado al que me había conducido la maestría de mi diestro compañero de viaje, ni de que mi mano y mi lengua envolvían las oscuras palpitaciones de su miembro, paladeando su enhiesta textura, mamando su progresivo grosor y gusto a dátil.

Fue entonces cuando sentí la mirada de la vecina de asiento de Alberto, y levanté ligeramente la cabeza para buscar su mirada. Sus ojos agrandados tenían una mezcla de delirio y estupefacción por la escena que observaban, pero sus labios esbozaban una leve y cómplice sonrisa. Sabiéndome mirada sin cortapisas en mi deliciosa tarea y sin importarme ya que se hubiese deslizado de su sitio la manta de mi marido, regresé golosa sobre el miembro de Alberto. Al comenzar a lamerlo otra vez, aún viniéndome, advertí que bajo el cobertor de Fabiola se movían sus manos nerviosas. Sin dejar de chupar y envuelta en el oleaje del prolongado orgasmo, estiré mi brazo bajo la manta de la española donde encontré su propia mano. Ella se acariciaba con rapidez mirando el espectáculo de la verga de mi marido entre mis labios. Sin decirle nada, aparté suavemente su mano de su sitio, y puse la mía encima de la sedosidad depilada de su pubis. No tenía ropa interior y mis dedos hallaron de inmediato su clítoris tan erecto como el mío. Metí un dedo en aquella cueva mojada y empecé a masturbarla con la misma ternura que el oriental me acariciaba desde hacía no sé cuántas horas. Los dedos de Fabiola se disolvieron entre los cabellos revueltos de mi nuca, empujándome hacia abajo para que mi garganta se llenara de la polla de Alberto hasta los huevos resbaladizos, e imprimió un ritmo cadencioso a mi mamada. Me quité un instante para lamer la base del miembro de mi marido, y ella se inclinó para absorber la hinchadísima cabeza que mi otra mano le brindaba. Alberto continuaba dormido, respirando pesadamente. Introduje otro de mis dedos entre los blandos pliegues de la chica, y di un suculento masaje a su clítoris inflamado. A lo largo de media hora que me pareció eterna, mi boca se unió a la suya, besándonos en torno a la punta de la verga de mi marido, hasta que eyaculó un primer chorro espeso que recogimos las dos con las ávidas lenguas, absorbiendo después los que vinieron y el sabroso miembro volvió, seco por nuestras bocas, a su estado normal sin achicarse. Ella se echó para atrás contra el respaldo de su asiento y separando aún más las piernas apretó mi mano con las suyas cuando sintió llegar un orgasmo explosivo, al tiempo de que los cálidos dedos del extraño me conducían en vilo hacia la cumbre de otro orgasmo, éste más suave que los anteriores pero también más alto y ensanchado. Después que el oriental retiró su mano yo dejé chapotear mis dedos en la caliente lubricación que derramaba el sexo mullido de Fabiola, hasta que encendieron la luces de la cabina y entonces tuve que incorporarme con prontitud para cubrir a Alberto y recobrar la compostura antes que las azafatas empezaran a desfilar por los pasillos llevando y trayendo bandejas con agua, café y jugos de fruta. Desde el hombro de mi marido le sonreí a Fabiola y ella se acercó para besar mis mejillas brevemente y decirme al oído, suspirando: –Eres maravillosa y quiero follar contigo en cuanto nos instalemos en el hotel. Voy a hacer que me alojen en un cuarto junto al vuestro– añadió sonriendo en medio del resuello. Su cabello olía a hierbas silvestres y su aliento conservaba el inconfundible sabor de Alberto. La maravillosa eres tú– le regresé el piropo y fui sincera al decírselo. Yo no me atrevía a volver el rostro hacia el vecino de asiento que me había proporcionado aquellas horas majestuosas en la privilegiada sombra del vuelo. Mi marido despertó minutos después del aterrizaje. Alberto esperaba impaciente a que salieran nuestras maletas en la banda transportadora cuando vi a lo lejos a mi compañero de viaje frente a la ventanilla del cambio de divisas. Aproveché para acercármele por la espalda al momento que el cajero le daba monedas y billetes. Quería expresarle mi gratitud por aquellas intensas e infinitas horas de placer que me había prodigado entre la oscuridad nocturna. El también me miró, hermético y contenido, sin traslucir emoción de ningún tipo. Thanke you –le dije con la más amplia de mis sonrisas, satisfecha. De nada, señora –me respondió inmutable en perfecto español y con marcado acento norteño–, el placer ha sido mío. Aquel hombre de pulcro aspecto oriental a quien debía tantos y tan magníficos orgasmos era tan mexicano como yo. Xicoténcatl Terreros Pérezluna, traductor del árabe y el hebreo, catedrático de griego y latín en una universidad chihahuense, rezaba la tarjeta de presentación que me dio junto con la pequeña lata envuelta en mi tanga todavía húmeda. De inmediato las guardé en mi bolso de mano. Consérvela en memoria de este viaje –me dijo– a usted yo la recordaré de hoy en adelante para siempre. Sorprendida y sin responderle o darle las gracias en nuestro idioma común, regresé rápidamente con Alberto que ya había recuperado el equipaje y el sentido del humor, y salimos del aeropuerto. En el taxi camino al hotel, me sobrevino otro orgasmo, sin aviso previo, sin estímulo de ninguna especie. El ungüento seguía haciendo su efecto y abrí la ventana con el propósito meter el rostro entre las húmedas ráfagas del día, al tiempo que hacía esfuerzos para que no se notaran mis jadeos. Aspiré a bocanadas el viento del verano austral. Luego de haberme bañado en el jacuzzi con abundante espuma y de recobrar nuevamente la frescura, y mientras Alberto entraba a tomar una ducha que le devolviera la plenitud de su conciencia, salí al balcón del cuarto del hotel para que el aire secara mi piel y llenara de yodo mis pulmones. Aún me palpitaban, abultados, los labios inferiores. Ahí, frente al mar y a cielo abierto abrí el bolso y saqué la lata azul metálico de su envoltorio de satín y encaje. Para mi asombro, la pequeña lata era similar a la que yo llevaba en mi equipaje, dentro del maletín donde guardaba los bronceadores, el perfume, las cremas y un par de vibradores. Era la misma crema humectante que utilizo desde la adolescencia para quitarme el maquillaje que ocasionalmente aplico sobre mis pestañas y párpados. No tenía nada de mágica o de ancestral como supuse, o como mi imaginación desbordada me hizo creer, cuando la mano de mi hábil y sigiloso vecino de asiento me la aplicó para incendiarme larga y sostenidamente hasta el arrebato de mis sentidos. No sabía si reír de mi fantástica ingenuidad o realmente tomar conciencia de que aquellos placeres sensacionales se debían a una simple y sencilla crema limpiadora del cutis, y que la mano prodigiosa que me había transportado en un tumultuoso viaje hacia mis laberintos interiores era realmente poseedora de una sapiencia milenaria, una sabiduría acumulada por los siglos en los que los seres humanos hemos sido capaces de reconocernos en el deseo del otro y en la entrega sin ambages o acondicionamientos. Desnuda en la terraza de un hotel desconocido, de cara un océano luminoso que me abría sus íntimos secretos y me envolvía de brisa y alegría, solté una incontenible risotada. Me sentí feliz por aquel instante, más mágico aún que los que se desgranaron durante el viaje. Desde el balcón adosado al de nuestra habitación escuché una voz agradable y cristalina–: Hola, ¿de qué ríes, qué te ha hecho tanta gracia? Quien me hacía la pregunta era Fabiola, la hermosa española, desnuda de la cintura para arriba, vestida únicamente con un pareo transparente anudado en la cadera y mostrando sus pechos espléndidos, coronados por dos grandes y sonrosados óvalos, al sol del mediodía. Tras ella, abrazándola cariñosa por los hombros, su pareja también desnuda y mojada como yo, me sonreía intrigada. Seguramente Fabiola ya le habría contado acerca de la manera en que ella y yo nos habíamos conocido durante el vuelo. Se llamaba Rubí y el cabello dorado le caía hasta la cintura sensual de su cuerpo brasileño. Ella oprimía sus senos tiernamente a la espalda brillante y aceitada de mi nueva amiga. Me río de la vida y con la vida, por el placer de saberme llena de sorpresas y de energía –respondí acercándome a ellas para abrazarlas y besarlas por encima de la barandilla de poca altura que nos separaba–, y les di la lata que contenía la crema milagrosa. Tendríamos diez días para compartir aquel regalo que de mi mano, o de la mano feliz del azar o la fortuna, nos llegó del cielo. Al unir la humedad de nuestras lenguas, súbitamente sentí ascender, vigoroso y expansivo, el suntuoso temblor de un nuevo orgasmo

Nunca os habeis encontrado con una de vuestras primas que con el paso de los años se han convertido en unas verdaderas bellezas expertas en el sexo brutal? Pues yo no solo me la encontre sino que ademas la tuve mamando junto con la zorra de mi novia. Aqui os dejo el relato erotico de lo que me ocurrio

Mi prima se clavó mi polla sin ponerme un condón. Comenzó a cabalgarme, mi novia puso su coño sobre mi boca y comencé a comerlo mientras ella se besaba con mi prima y se comían las tetas.

Me llamo Juan y lo que os quiero relatar pasó este verano. Un hermano de mi padre había alquilado una torre en un pueblo costero de Cataluña en agosto y nos invitó a toda la familia. Yo no tenía muchas ganas de ir, pues había hechos planes con mi novia, Paula, pero ante la insistencia de mis padres para que fuéramos acabé por aceptar ir unos pocos días, a diferencia de mis padres que iban a ir dos semanas. Finalmente un día a mediados de agosto llegamos a la estación del pueblo y esperamos a que viniera a recogernos mi tío. Yo mientras esperaba no podía dejar mi mirar a mi novia, que vestía unos pantaloncitos tejanos cortos y un top.

Es bajita, sobre metro sesenta, pero tiene unas buenas tetas y un culo que me vuelve loco. En el aspecto sexual no me puedo quejar porque siempre hacemos de todo y a ella le encanta. Al final llegó mi tío y tras presentarle a mi novia subimos al coche. La casa no estaba en primera línea de mar, pero tenía una pequeña piscina, por lo que no hacía falta ir a la playa.

Al llegar a la casa y tras saludar a todos los parientes me quedé de piedra al ver a mi primita Sonia. Acababa de salir de la piscina y sus pezones se marcaban en el diminuto bikini que llevaba. Le di dos besos, sin poder evitar excitarme ante su cuerpo. Había crecido mucho desde la última vez que la vi. Aunque solo tenía un año menos que yo había tardado en desarrollarse. Pero eso no había evitado que me hiciera varias pajas en su honor, pues siempre me había dado mucho morbo.

• Tenía ganas que llegaseis primo – me dijo con una sonrisa. • Aquí con los mayores me he aburrido un poco. • No te preocupes que ahora llega la fiesta.

Entonces le presenté a mi novia.

• Tío, ¿en que habitación dejo las mochilas? • En la de Sonia. Debajo de su cama ahí otra y si las extendemos podréis dormir los tres bien.

Mierda, pensé. Yo quería estar en una habitación solo con Paula para poder follármela tranquilamente por las noches, pero bueno que le íbamos a hacer. En aquel momento no sabía lo mucho que me divertiría en la habitación de mi primita.

Dejamos las cosas en la habitación y nos fuimos a dar un baño antes de comer. El resto de la tarde lo pasamos en la casa. Por la noche decidimos salir por la ciudad de fiesta. Sonia nos llevó a la zona de bares y estuvimos en varios. A mi no me gusta mucho bailar pero Paula y Sonia se lo pasaron en grande bailando. En más de una ocasión bailaron agarradas y eso me provocó una gran calentura.

Volvimos a la casa algo borrachos y al entrar tuvimos cuidado de no hacer ruido para no despertar a nadie. Yo caí en la cama rendido, tras quitarme la ropa y quedarme en calzoncillos. Observé que tanto mi novia como mi prima hacían lo mismo y se metieron en la cama en ropa interior solo.

Cuando me pensaba dormir, noté una mano sobre mi polla. Vi que Paula se acercaba a mí y empezaba a besarme el cuello. Yo bajé mi mano y la introduje entre sus bragas. Estaba mojadísima y mis dedos entraron sin problemas en su coñito.

• Fóllame cariño – me suplicó a la oreja.

En ese instante me acordé de mi prima. Me giré y vi que estaba con los ojos cerrados.

• Vale cariño pero no hagas ruido – murmuré con una sonrisa, ya que Paula es bastante expresiva cuando follamos.

Me levanté con cuidado y busqué un condón en la mochila. Me lo puse y me volví a meter en la cama. Mi novia no tardó ni un segundo en colocarse encima de mí y clavarse mi polla hasta el fondo. Empezó a cabalgar como una loca y yo empezó a jadear. Yo de vez en cuando miraba a mi prima que parecía profundamente dormida. Agarré las tetas de mi novia y las comencé a chupar a lo que ella respondió con más gemidos.

Intentando que no hiciera mucho ruido le acaricié la cara con la mano y le introduje un dedo en la boca, que ella chupo con deleite. Paré un momento y le dije que se girase. Me coloqué encima de ella y continué clavándole mi polla hasta el fondo, sin dejar de besar su boca y tocar sus petas. Noté que comenzaba a jadear de manera entrecortada, por lo que sabía que estaba a punto de correrse.

Aceleré mis embestidas y finalmente ella se corrió. Continué bombeándola al mismo ritmo y en menos de un minuto me corrí yo también. Me quedé exhausto y me dejé caer sobre el cuerpo de mi novia, abrazándola. En ese instante me pareció oír un leve gemido, que no provenía de mi novia. Me giré pero mi prima estaba vuelta de espaldas.

A la mañana siguiente nos levantamos algo tarde y tras aguantar las bromas de mi padre y mi tío sobre el hecho de salir hasta tarde y dormir mucho nos dimos un baño en la piscina. Por la tarde fuimos al pueblo y estuvimos tomando algo en una terraza hasta que anocheció. Mi prima no comentó nada de la noche anterior y yo empecé a pensar que la noche anterior había estado durmiendo de verdad. Volvimos a cenar y poco después nos cambiamos para salir de fiesta por la noche. Fuimos al mismo sitio que la noche anterior, pero probamos otros locales. De igual manera llegamos algo borrachos.

• Podríamos bañarnos desnudos – insinuó mi novia.

A mi la idea no me desagradó pues vería a mi prima desnuda, pero el hecho que pudieran despertarse mis tíos o mis padres y vernos a todos en pelotas en el jardín…

• Mejor lo dejamos para otro día. • Eres un aguafiestas, primo, dijo Sonia y sonrió.

Llegamos a la habitación y como el día anterior nos acostamos solo en ropa interior. A diferencia del otro día, yo me acosté en medio de la cama y no en un lado. Mi novia se acercó y me tocó por debajo de las sábanas.

• Está mi prima – le dije al oído. • Joo, pero seguro que no se entera, dijo mientras me agarraba más fuerte mi polla que comenzó a crecer ante el contacto. – Es que estoy muy cachonda. • Yo también, dijo mi prima con una sonrisa. Me giré y la vi. que nos miraba sonriendo. • Pero seguro que tú no quieres hacer un trío, indicó con voz apenada pero sin dejar de sonreír. • Eso esta hecho, sonreí yo que no me podía creer lo que estaba pasando.

Me destapé de la sábana y quedó a la vista mi polla sujeta por la mano de Paula. Yo me atraje a mi prima y la comencé a besar a la vez que introducía mi mano en sus bragas. Estaba muy mojada y mis dedos entraron sin dificultad. Mi novia me comenzó a besar el cuello y me giré para responder a sus besos. En un momento nuestras tres lenguas se juntaron. Me incorporé y me quité los calzoncillos a la vez que buscaba un condón. Me lo puse con más velocidad que nunca en mi vida.

• Mira lo que tenemos para ti, dijo mi novia y comenzó a besar mi prima y esta respondió a sus caricias.

Me estiré entre ellas sin dejar de acariciarlas por todo su cuerpo. Me puse de rodillas y con cada mano comencé a masturbarlas.

• Bueno, dije con una sonrisa viciosa. • ¿A cual me follo primero? Mi novia se levantó y me comió la boca y me dijo al oído: • Fóllatela primero que quiero que te corras dentro mío.

Sin pensármelo dos veces comencé a follarme a mi prima a lo bestia, mientras acariciaba a mi novia, que no dejaba de meterse sus dedos en su coñito.

• Te gusta que te folle tu primo ¿verdad? • Siiiiiiiiii, no pares, no pares – gemía mi prima.

Seguí bombeando un rato hasta que decidí que mi novia también se merecía su ración de polla. Se la clavé de golpe y introduje tres dedos en el coño de mi prima mientras me follaba a mi novia. Debido a la excitación que tenía no tardé en correrme.

• Me voy a correr – dije. -¡Córrete en mi boca! – exclamó mi novia.

Saqué mi polla y me quité el condón. Me la meneé un par de veces y comencé a correrme. Mi novia abrió la boca hambrienta, al igual que mi prima y entre las dos se tragaron toda mi leche.

Yo caí rendido en la cama, y mi novia se abalanzó sobre mí y comenzó a besarme por el cuello y el pecho. En eso que noto que unos labios se cierran sobre mi polla y veo a mi prima que intenta reanimarla. Por la excitación que tenía y el morbo que me producía la situación no tardó en conseguirlo y mi prima sepuso encima de la polla sin pensar en ponerme un condón ni nada. Comenzó a cabalgarme mientras mi novia le comía las tetas.

• Ponte encima cariño que así te podré comer el coño.

Mi novia puso su coño sobre mi boca y comencé a comerlo mientras ella se besaba con mi prima y se comían las tetas mutuamente. Finalmente mi prima se corrió y mi novia reemplazó su lugar. Por suerte mi novia estaba a punto de correrse y tras cabalgar sobre mi polla un minuto tuvo su orgasmo, pues al poco rato noté que no aguantaba mas.

• Me corro – gemí.

Mi novia se quitó de encima y ella y mi prima se abalanzaron sobre mi polla para tragarse toda mi leche. Tras eso caímos los tres rendidos en la cama. Al día siguiente nos levantamos más tarde que el anterior, pues nos levantamos a la hora de comer.

• Bueno parece que anoche la fiesta fue más dura que el otro día – bromeó mi tío.

Si él supiera, pensé con una sonrisa.

Aquella misma tarde mi novia y yo nos fuimos de la torre, pues no habíamos pensado quedarnos más que esos dos días. La verdad es que fue una lástima irnos después de aquella noche pero no podía dejar de pensar en como sería el reencuentro con mi primita. Pero es otra historia.

Relato erotico de una chica que se pone cachonda mientras el ginecologo la toca para hacer unas pruebas. El cabron listillo viendo la situacion decide aprovecharla metiendole mano por todos sus agujeros

Hola me llamo Natalia tengo 18 años y estudio en una escuela privada en las afueras de Buenos Aires, en Argentina. Quiero contarles algo asombroso que me ocurrió hace poco. Todo comenzó cuando empecé a sentir un molesto ardor en mi vagina que me preocupaba, pero no quería alarmar a mis padres así que un día en que ya no lo soportaba más, se lo comenté a mi profesora de Matemáticas que es con la que mejor relación tengo. Ella me dijo que la escuela tenía un médico ginecólogo para atender a las alumnas incluso en horario escolar, de manera que me envió a verlo de inmediato.
El doctor González, que así se llama, estaba desocupado y me hizo pasar a su consultorio. El doctor tiene alrededor de 50 años y es muy guapo, alto, muchas canas en el cabello y muy amable en el trato. Lo primero que hizo fue pedirme que me quitara la bombacha y me hizo sentar en una cama ginecológica. Es un sillón común pero tiene dos brazos en los cuales las chicas quedamos con las piernas levantadas y muy abiertas para que el médico pueda examinarnos la vagina con comodidad.
El doctor se puso unos guantes, subió mi falda hasta que quedó arrollada en mi cintura y con mucha suavidad me abrió los labios de la vagina. Mientras me la examinaba me hizo algunas preguntas.
-¿Cuánto hace que te arde de esa manera, Natalia?
-Desde hace tres o cuatro días, doctor.
-¿Cuándo tuviste sexo por última vez?
-Hace cuatro días si no me equivoco.
-¿Fue con tu novio o con algún chico que conociste?
-Con mi novio.
-¿Y fue normal, como siempre, o notaste algo extraño?
-Pues la verdad es que me dolió un poco -respondí- Pero otras veces también me ha pasado. Sucede que la tiene un poco grande, creo que es por eso.
Mientras hablábamos el doctor no dejaba de tocarme la vagina y yo sentí que empezaba a humedecerse. Estar abierta de esa manera, hablando de esos temas mientras él me tocaba con sus dedos expertos me estaba excitando.
-Creo que sé lo que te pasa pero tengo que estar seguro. Natalia voy a tocarte el clítoris y quiero que me digas lo que sentís.
Sus dedos se apoyaron sobre mi clítoris, lo acariciaron, y no pude evitar lanzar un suspiro.
-¿Esto te excita Natalia?
-Mucho -respondí entre jadeos.
-Bien, muy bien, es buena señal. Decime que sentís ahora.
Dijo eso y me hundió un dedo profundamente en la concha. Lancé un “ahhhh” prolongado y me aferré a los bordes de la camilla.
-Veo que también te excita -observó el doctor. Me estaba metiendo y sacando el dedo muy lentamente, y la verdad es que me volvía loca.
-Mucho, mucho de verdad -respondí pasándome la lengua por los labios. Miré al doctor y pude darme cuenta claramente que en su pantalón tenía un bulto. El también estaba excitado.
-Bien, dejame ver una cosa más. Quiero mirar tus pechos.
Me abrió la blusa y se encontró con mis tetas. Mis pezones estaban durísimos. El doctor se sorprendió de que no usara corpiño.
-¿Nunca te ponés soutien?
Le expliqué que no. Mis pechos no son grandes y me gusta tenerlos libres. El doctor miró muy de cerca mis pezones, los pellizcó un poco aumentando mi excitación y pareció conforme con el examen.
-Bien, bien. Es tal cual lo pensaba. Para sacarme la última duda, ¿practicás sexo anal? ¿Lo hiciste con tu novio la última vez?
Respondí que sí. Entonces el doctor se cambió los guantes y lubricó su dedo mayor con un aceite que tenía sobre una mesita.
-Si esto te duele tenés que decírmelo.
Después de decir eso, me hundió el dedo lubricado en el agujerito del culo. Lancé un grito mitad dolor mitad placer, mi espalda se arqueó en el sillón y quedé casi en el aire, sólo apoyada por mis manos y mis pies. El doctor hizo girar su dedo, con la otra mano me abría las nalgas todo lo posible, lo metió y sacó un par de veces y luego lo miró.
-Perfecto, está todo perfecto. Bueno Natalia, necesito una muestra de tu jugo vaginal para hacer unas pruebas de laboratorio. Te pido que te relajes y me ayudes a obtenerla.
Entonces me metió un dedo en la vagina, luego otro, mientras me acariciaba el clítoris. El doctor me hizo una paja maravillosa mientras me alentaba “dámelo chiquita, dámelo, lo quiero todo, dámelo”. Tuve un orgasmo increíble.
-Muy bien, muy bien Natalia, te agradezco por colaborar. Me diste mucho jugo -dijo él mientras juntaba mi orgasmo en un frasco.
Mientras yo ordenaba mi ropa, el doctor González me explicó:
-El ardor que sientes te lo provoca tu ropa interior. Algún producto que utiliza tu madre para lavarla, supongo. Las pruebas de laboratorio me lo van a confirmar. Por eso te arde la vagina pero no los pechos. Por eso te pido que durante una semana no uses bombacha ni corpiño. No creo que sea mucho problema para vos, ¿verdad?
Le dije que estaría bien.
-Tampoco tengas sexo durante una semana, y vení a verme a mi consultorio para un segundo examen.
Estuve de acuerdo. El que se puso muy loco cuando le conté fue mi novio Fernando. “No voy a aguantar una semana sin coger”, me dijo. Pero encontramos una solución: el médico no había dicho nada sobre el sexo oral, así que cuando nos veíamos le hacía una mamada.
Mi novio estaba encantado de que le chupara la pija hasta hacerlo acabar en mi boca, pero yo estaba cada vez más caliente porque no podía ni tocarme. Además el hecho de andar todo el día sin ropa interior aumentaba mi excitación. Los chicos de la escuela ya se habían enterado de mi problema, y me espiaban bajo la falda todo el tiempo cuando me sentaba o cuando subía las escaleras.
Pasó la semana, volví al consultorio del doctor González y lo encontré reunido con otro médico de su misma edad e igual de guapo.
-Pasá Naty, él es el doctor García. Estuvimos hablando de tu caso. Bien, está todo confirmado, tu madre deberá lavarte la ropa interior con otro producto.
Me quedé muy tranquila al saber eso. La verdad el ardor había desaparecido por completo.
El doctor González hizo que me sentara otra vez en la camilla ginecológica y junto con su colega me examinaron la vagina.
-Está perfecta -dijo González después de mirarla, e invitó a García a que me examinara.
Apenas García me metió un dedo empecé a gemir. Una semana sin coger, y ahora dos hombres maduros mirándome semi desnuda y tocándome la vagina fueron demasiado para mí.
No hizo falta que nadie dijera nada. El doctor González se puso de pie entre mis piernas abiertas, sacó su verga y me la metió en la concha de un solo golpe. Dí un grito de placer y de inmediato el doctor García me metió su pija en la boca.
Yo me sentía en el paraíso. González me metía y sacaba la pija con fuerza mientras yo mamaba al doctor García, que tenía un tronco más grueso que el de mi novio. Era la verga más grande que jamás había visto.
Me bajaron de la camilla y quedé de pie entre los dos hombres. “Sos una chica maravillosa”, me dijo el doctor González y me metió la lengua en la oreja. Levantó mi pierna izquierda, la sostuvo con su mano debajo de la flexión de mi rodilla y me metió la verga en la concha otra vez. Mientras me chupaba las tetas, mordía mis pezones, los estiraba con los dientes.
García estaba detrás de mí. Yo podía sentir que guiaba su verga buscando la entrada de mi culito, cuando la encontró me hundió la cabeza enorme y lancé un grito.
-Qué chica hermosa -dijo García entre jadeos- Mirá cómo se come dos pijas enormes a la vez.
Me tenían de pie, en medio de los dos, bombeándome verga sin parar por mis dos agujeros. Nunca me habían cogido mejor. Yo gemía, gritaba y tenía un orgasmo detrás del otro.
-Sos una nena hermosa -decían- Una putita de primera. Es una maravilla la manera que se te abre el culo.
Me pusieron en cuatro, de rodillas sobre una silla. Por turno, los médicos me metían y sacaban la verga del culo y se excitaban más cuando veían mi agujero completamente dilatado. Escupían dentro de él y me la volvían a meter.
Después me arrodillé entre los dos y les chupé la verga hasta sacarles toda la leche. Me la tiraron en la boca, la cara, el pelo y las tetas.
Fue la experiencia más maravillosa que he tenido. Luego nos volvimos a ver en la casa del doctor González, me hicieron sandwich entre ellos dos, se mearon adentro de mi culo y hasta probé sus orines. Pero esa es otra historia.

Relato erotico de una ninfomana llamada Sol, a la que le encanta el sexo y en esta ocasion se lo monta con su mejor amiga y su novio, esto es un relato que muestra el significado del porno brutal.

Cuando tenia 18 años estaba una tarde con mi mejor amiga y su novio en ese momento, se llama Hugo, ella es Magy, estábamos en mi casa un día que no estaban mama y su esposo y se fueron de viaje por 1 mes, yo estaba sin novio y le había conversado a Magy que estaba muerta de ganas de que me coman la cuca, yo no era virgen desde los 16, pero únicamente había tenido sexo oral y por la vagina. Por la noche luego de haber visto una peli Hugo nos dijo que tenia un porro de marihuana y aceptamos, era la primera vez de las dos y lo hicimos para probar. Luego de fumar el porro estábamos re chistosas y el solo nos miraba sentado en el sofá de mi sala, luego nos pusimos a bailar con The Doors y cada vez eran bailes mas lentos, luego mejor nos sentamos y el puso en un canal que dan pelis eróticas y estábamos viendo los 3, el nos pregunto si alguna vez nos besamos en la boca, las dos dijimos que si, para eso ya estábamos calientito por la hierba y la peli, donde estaban dos nenas con un hombre, el nos dijo que nos diéramos un beso y como el estaba en la mitad lo hicimos y el nos sostuvo las cabezas unidas, nos pedía que nos metiéramos la lengua pero no quería, Magy luego de algún rato accedió y comenzó a pasarme la lengua por los labios, me dijo:

- Es solo para que nos deje en paz, hace lo mismo vos.

Luego el se beso con ella y yo me serví un trago, cuando regrese el estaba chupándole la teta salida por encima del top, yo dije

- Perdón, mejor me voy

El se levanto y me tomo de la mano, me dijo

- Nena, se que te morís de ganas

Me levo hacia ella y nos dijo que nos va a penetrar a cada una por separado que si no queremos no lo hacíamos entre las dos pero que le gustaría que le observemos darnos verga.

Primero le desnudo a ella y le hizo que le mame la verga, ella estaba excitadísima por la droga y muy desinhibida, extendió su mano hacia mi y me dijo

- Déjame verte el coñito amor.

Yo que esta re excitada igual me baje el short y la tanga y el me puso en cuatro sobre el sofá y por detrás empezó a lamerme el coño y el ano mientras ella le mamaba

Luego de un rato de lamidas y chupadas de vergas, huevos, coños y clítoris, el se separo y nos hizo levantar a las dos y nos junto para besarnos.

Las dos luego de la sesión previa accedimos y esta vez fue con legua y todo, el nos pedía que nos pasemos saliva que nos chupemos las tetas y nos metamos los dedos, yo lo hice en mi coño, y de repente sentí otro dedo dentro de mi vagina, era el de Magy, estaba penetrada por un dedo mió y uno de ella, el se fue a su chaqueta y saco un tubo, dijo que era crema anal que no nos preocupáramos, se puso en los dos dedos de la mitad y nos inserto un dedo en cada ano mientras nosotras nos besábamos.

Estaba delicioso, cada vez nos acostumbrábamos mas a su penetración anal y nos besábamos mas fuerte, yo estaba siendo doble penetrada por dedos…Era lo máximo hasta ese momento.

Luego sentí que tenia por lo menos 3 dedos en el ano, yo también le metí dos en la vagina de Magy, estábamos en un éxtasis total, el se levanto y nos beso a las dos, era un beso entre los tres las tres lenguas se topaban y la saliva era lamida de todos los labios, nos frotaba las nalgas y nos comenzó a nalguear, primero suave, luego fueron fuertes y nos decía:

- Vamos zorras que para eso vine, sabia que les iba a drogar y culear, son deliciosas, háganme eyaculara, muévanse putas baratas mastúrbense y lámanse.

Ahí decidimos jugar al juego de las perras y el amo, el nos hizo arrodillar y lamerle la verga, ella le lamía el palo yo las bolas y el ano, nos tiro del cabello y nos hizo levantar y ponernos de pie, se sentó en el sofá y me ordeno sentarme sobre el de espaldas, me senté y me clavaba la verga como maquina a mil por hora.

A Magy le ordeno lamerme el coño, lo cual lo hizo a las mil maravillas, lamía mi coño y su verga dependiendo el mete saca en el que estábamos, yo estaba arrechisima, me quería morir de la excitación y gritaba como perra mismo.

Luego me levanto y mientras me levantaba me metía dedo en el coño y el año y decía

- Ya te toca la culeada putita espérate no gimas como desesperada.

Me empujo hacia un lado y le tomo a Magy de los pezones y se los estiro hacia el para morderlos, magrearle el coño, luego la sentó de frente a el y la penetro, me ordeno:

- Prepárame ese culito que hoy me lo voy a comer y bien, porque si no entra de un empujón te castigo perra!!!

Yo me arrodille detrás de ella y la empuje mas hacia el para que me deje libre la vista a su ano, en uno de esos mete saca de verga le metí un dedo en el coño y lo embarre de su fluido vaginal, se lo esparcí en el año y lo comencé a lamer primero por fuera luego me embargo la excitación y le metí la lengua, el ano de ella estaba ya previamente dilatado por los dedos de Hugo y fue mas fácil meterle lengua.

Luego fueron dedos y lamidas, estaban re fuertes y no podía tener mis dedos dentro por mucho tiempo, ella saltaba sobre la verga como cabalgando, luego nos llevo a la cama y me hizo acostar mirando hacia arriba y ella sobre mi mirando hacia abajo, las dos nos besábamos y el nos penetraba turnándose por la vagina, luego de un buen momento que estuvimos así, le comenzó a mandar la verga por el culo y ella gritaba, primero fue hasta que entre la punta y luego de una empujada le metió toda la verga, tenia una verga grande de unos 20cm. Y muy ancha así que si dolía, le estaba culeando, se separo, se sentó en la cama y ella sobre el con las piernas abiertas y se la clavo en el culo nuevamente, yo hasta eso le lamía el coño y le metía dos dedos, el me ordeno meterle 3, luego 4 y si entraron, me dijo métele la mano, y le tapaba a ella la boca para que no diga nada, porque si no lo hacia me iba a costar caro, así que metí todos los dedos y fácilmente entro todo el puño, entró hasta la muñeca, ella le mordió la mano a Hugo y el le tiro del cabello de castigo, pero estaba gritando de la ricura, me moría de ganas de que sea mi turno, ella grito:

- Voy a terminar, dale amor que termino, orgasmo, orgasmo, orgasmoooooooo

Y yo sentí un río de fluido que me caían en la lengua, me los lamí y el la retiro de encima suyo, le dijo que se siga masturbando que no pierda la calentura, me levanto a mi y se bajo a morderme las nalgas, me mordió tan duro que me las dejo marcadas por una semana, pero el efecto de la droga me hizo sentir placer y no dolor, mi trato fue diferente, me hizo acostar mirando hacia arriba y a Magy sostenerme las piernas levantadas, yo estaba apoyada en la cama únicamente por los omóplatos y tenia las piernas abiertas en el aire, me escupió en el orificio del ano y le clavo la cabeza a Magy en mi ano para que me lo dilatase, ella lo hizo de maravilla, le dijo que me metiera mano en el coño igualmente y ella lo hizo, solo que ella lo estaba haciendo despacio y le empujo toda la mano de un solo golpe para que me penetrara.

Tenia la mano de ella adentro y le ordeno sentarse sobre mi cara para que le lamiera el coño y le metiera dedo al culo.

El tomo la verga y la inserto de un golpe en mi culo, fue delicioso pero algo doloroso y le mordí el clítoris a Magy la cual grito, Hugo dijo:

- Como se te ocurre putita hacerle gritar a mi perrita que tan bien me sirvió

Dirigiéndose a ella le dijo:

- Castígala, meale en la boca

Yo estaba con una mano en la vagina y una verga en el culo, estaba disfrutando al máximo solo me dedique a sacar la lengua para no perder ese liquido que me iban a derramar en la boca.

Ella empezó a mear con dificultad, lo cual hacia mas fácil que yo me tome su orina, luego fue un chorro largo que me hizo escupir y embarrar mi pelo y la cama, le dijo:

- Eso perrita ahora límpiala a mi putita la cara

Ella me lamió la cara y nos pasamos su orina de boca a boca, mientras estaba solo penetrada por el culo en este momento.

El grito:

- Leche gatas para alimentarlas pónganse en posición

Nos pusimos en 4 frente a el y nos eyaculo en las caras, le exprimimos hasta la ultima gota de semen y luego nos lamimos mutuamente los restos de la cara.

Terminamos exhaustas y nos dormimos, al despertar estábamos tan avergonzadas y el ya no estaba, mi pelo olía a orina, ella se fue y yo me fui a la ducha…

Relato erotico que sigue la historia del de ayer, sobre el chico con los pivones. Si el tio sigue con suerte, con dos zorras chupando su polla y sin parar de jugar las tias entre ellas para poner caliente al tio en todo momento

Llegamos al edificio de la chupapollas. Era un edificio bastante nuevo y lujoso. Se veía que la muy puta tenía dinero. Subimos por el ascensor y mi polla volvió a ponerse dura. ¿Por qué? Porque las dos tías se estaban dando el lote delante de mi cara. Se daban unos besos súper apasionados. Sus lenguas se movían con pasión, sus manos se sobaban enteras. Y yo estaba allí viéndolas, embobado, con ganas de sacarme la polla y hacerme una paja.

Llegamos a casa de la chupapollas. La rubia me llevó a una habitación dónde había una cama de matrimonio con el cabezal de forja, de hierro. Empezamos a besarnos y a sobarnos. ¡Joder, que bien besaba! ¡Era una fiera! Me mordía, me chupaba, me lamía,… ¡me estaba poniendo malo! Ella me iba poco a poco desnudando. Yo intentaba hacérselo a ella pero no me dejaba. ¿Por qué no quería que la desnudase? Pronto lo descubriría.

Cuando me bajó los pantalones y dejó mi polla al descubierto, se acuclilló delante de mí y empezó a chupármela. La chupaba aún mejor que besaba. Dios, cómo la engullía. Se la metía toda entera y una vez toda dentro meneaba la cabeza de derecha a izquierda rápidamente. Nadie me había hecho eso nunca pero me estaba gustando muchísimo.

Me estaba haciendo la mamada de mi vida cuando llegó la chupapollas con unas esposas. Casi sin darme cuenta me apresaron a una silla para que no me pudiera mover. Allí estaba yo, totalmente empalmado y sin poderme mover mientras que las dos estaban arrodilladas delante de mí chupándomela y besándose entre ellas.

Pronto de olvidaron de mi polla y empezaron a montárselo entre ellas. Se besaban, se frotaban, se sobaban,… A veces me miraban lascivamente, cómo para hacerme ver que estaban jugando conmigo. Querían que viera cómo se lo montaban entre ellas mientras yo no podía si quiera pajearme.

Se fueron desnudando poco a poco. Tenían un cuerpo espectacular. ¡Que cuerpazo! ¡Y que polla se me estaba poniendo! Estaba demasiado cachondo. Ver a estas dos putas montárselo delante de mí era demasiado.

La chupapollas tiro en la cama a la rubia, la abrió de piernas y empezó a comerle el coño. Los lametones comenzaron suaves y delicados pero pronto de tornaron fuertes y pasionales. La rubia me miraba mientras la chupapollas se lo comía aunque pronto el placer hizo que no pudiera mantener los ojos abiertos. Sus gemidos de gozo parecían inspirar a la chupapollas, que pronto introdujo un dedo en la raja de su amiga. La rubia se lo estaba pasando en grande. Estaba totalmente ida. ¡Y yo más!

La chupapollas comenzó a follar a la rubia con dos dedos. Sus embestidas eran cada vez más fuertes y los gemidos de la rubia cada vez más fuertes. Hasta que no pudo más y se fue entera. El grito de placer que soltó fue increíble. La chupapollas siguió con sus dedos, pero más dulcemente hasta que paró por completo. Ahora le tocaba a ella.

Se puso a cuatro patas y la rubia comenzó a comerle el coño y el culo. La morena me miraba y entre jadeos me decía si me estaba gustando o si tenía ganas de follármela. Yo aunque me moría de ganas, intentaba hacerme el duro y le respondía que ella tenía más ganas que yo. Que se estaba muriendo de ganas de tener mi rabo en su coño.

La rubia seguía con su faena. La lamía toda la rajita con su fenomenal lengua mientras le introducía el dedo gordo por el culo. La chupapollas parecía estar gozando pues sus gemidos de placer eran fuertes y sus movimientos de cadera eran cada vez más rápidos. Parece que quería más.

La rubia pareció notarlo pues pronto introdujo dos dedos por el coño de la amiga y empezó a follársela con fuerza. Cada embestida era más dura que la anterior, pero cada una de ellas parecía gustarle aún más que la anterior a la chupapollas. Gemía sin parar. Gritaba de gusto. Pedía más.

La rubia la azotaba en el culo con la mano que le quedaba libre y la amiga gozaba aún más. Sus gemidos y los azotes me estaban volviendo medio loco ya. Estaba deseando ser yo el que follara a esa perra. Follármela a cuatro patas y darle azotes. Y deseaba metérsela por ese culo que tenía. Había visto lo que disfrutaba cuando la rubia le metía el dedo. Yo quería que disfrutase con mi polla. Meterle toda mi polla gorda por ese culo maravilloso.

La chupapollas estaba a punto de correrse pues sus gritos eran enormes: “Así, así”, “Dame más fuerte”, “Más fuerte”…Además, agarraba la colcha de la cama con mucha fuerza y estaba totalmente desbocada. La rubia seguía con sus rápidas embestidas. La corrida fue bestial. Yo mismo vi cómo chorreaba flujo por la mano y por el brazo de la rubia.

Mientras la chupapollas gozaba y disfrutaba de su corrida la rubia me miraba a mí con cara de deseo. Creo que ahora me tocaba a mí. No sé lo que me harían pero estaba seguro que me iba a encantar.

Os dejo un relato erotico de un jovencito que fue a una discoteca a ligar y acabo con dos zorras preciosas que no paran de darle placer.

Me encanta salir de fiesta con mis amigos. Me lo pasó genial de marcha por ahí, bailando, riéndome y ligando, claro. Me encanta ligar. El juego con las chicas en una discoteca me gusta. Las miradas, las sonrisas, los bailes restregándonos,…

La otra noche me lo pasé mejor que nunca. Salí con mis amigos a una zona de marcha a la que no solemos ir porque es de gente más mayos que nosotros. Yo tengo 22 años y allí va gente cerca de los 30. Pero nos apetecía probar a ver que tal.

Estuvimos probando en varios pubs hasta que encontramos uno en el que ponían buena música. Así fuimos a la barra, pedimos unos cubatas y nos fuimos a la pista a bailar y divertirnos. En eso estábamos cuando vi a una chica guapísima. Estaba algo alejada de mi grupo de amigos pero su pelo rubio largo y su preciosa cara me llamaron muchísimo la atención. Era mayor que yo, tendría algo más de 30 años pero yo no podía dejar de mirarla.

Yo intentaba seguir bailando pero no podía dejar de mirarla. Por fin nuestras miradas se cruzaron. Al principio eran miradas cortas, sonrisas tímidas,…pero pronto nos mirábamos con mayor insistencia e, incluso, nos lanzábamos besos. Ella seguía bailando, pero yo sabía que estaba bailando para mí.

Tenía un cuerpo espectacular. Una minifalda muy corta, unas botas hasta las rodillas, medias de rejilla y un top que le marcaba bien un par de tetas de infarto. Una 95 tenía el bombón, por lo menos.

Pero hubo algo queme dejó flipado. De repente apareció una amigo suya, le susurró algo al oído, me miraron y se pusieron a bailar juntas. El baile era muy caliente. Se restregaban enteras, se agarraban, se lamían,…Yo me estaba poniendo muy cachondo. Mi polla poco a poco se iba poniendo más y más dura.

No os he contado cómo era la amiga. De cuerpo no estaba muy allá, tenía buenas tetas aunque estaba algo regordeta. Pero tenía una cara de chupapollas que me hacía desearla con todas mis fuerzas. Tenía unos labios carnosos y sensuales que habían que mi polla estallará sólo de pensar en cómo me chuparía el rabo.

Pero lo mejor estaba por venir. Veo que la chica en la que me había estado fijando desde el principio se separa de la amiga y viene hacía mí. Yo estaba nervioso, pero estaba tan duro que me importaba poco la vergüenza. Tenía ganas de, por lo menos, bailar con ella y desfogarme el calentón.

Se acerca a mí y me susurra al oído casi comiéndome la oreja: “¿Quieres bailar con nostras?” Mi polla casi se corre de gusto. Por supuesto le respondí que lo estaba deseando. “Vale, pero aquí no, conozco otro sitio mejor dónde podremos bailar los tres más tranquilos. Ven conmigo.” Sin pedir explicaciones la seguí y los tres nos fuimos dirigiendo hacia la salida.

Nos dirigimos hacía el coche de ella, de la rubia. Yo iba detrás de ellas sin saber qué decir. Ellas eran las que tenían el mando. Llegamos al coche y la chupapollas se montó conmigo detrás. Cuál fue mi sorpresa que nada más arrancar el coche comenzó a besarme y a frotarme la polla. Yo estaba muy caliente después de su bailecito, así mi polla pronto se puso dura cómo una piedra. No tardó nada en sacármela del pantalón y cuando vi que se inclinaba para comérmela casi me da algo.

¡¡Dios, la chupapollas me la estaba comiendo!!¡¡Y cómo me la estaba chupando!! Que maravilla, que lengua, que boca….se la metía hasta el fondo, hasta la garganta. Mientras la rubia conducía, miraba por el retrovisor y sonreía. “¿Lo estás pasando bien?” Yo casi no podía contestar de lo que estaba gimiendo de placer.

La cabeza de la chupapollas subía y bajaba con rapidez. Yo intentaba aguantar pero es que estaba demasiado cachondo y no pensaba que pudiera aguantar mucho. Le iba a reventar en la boca. Me iba a correr en su boca y se lo dije. Pero a ella no parecía importarle. Seguía más y más fuerte.

Mis gemidos iban en aumento hasta que me fui entero en su boca. Fue una corrida bestial. Ella no separó la cabeza de mi polla. Creo que quería disfrutar de todo mi semen. Pero cuál fue mi sorpresa cuando veo que la rubia detiene el coche, se gira hacia nosotros y empieza a besar a la morena.

Mi polla se volvió a poner cómo una piedra cuando vi cómo mi semen empezaba a chorrear por las caras de ambas. Estaban comiéndose las dos mi leche. ¡¡Dios, que perras eran las dos!! ¡¡Cómo me estaban poniendo!!

La rubia dejó de besarla, me miró y me dijo: “¿Te ha gustado el aperitivo? Pues esto no ha hecho nada más que empezar. Esta noche eres todo nuestro y te vamos a dejar la polla seca, cabrón.”

Esto no podía ser verdad. ¿Había muerto y estaba en el cielo? ¿Estaba soñando y todo esto no estaba ocurriendo? Esa noche descubriría que no. El paraíso existe. ¡¡Y está en el piso de la chupapollas!!

Este relato erótico, nos cuenta la fantasia erotica que tiene una dentista que acaba follando con un paciente mientras que otro hace fotos de la escena. Porno brutal del bueno!

Es un martes cualquiera del mes…transcurre sin mayores incidencias un día normal más de trabajo en mi clínica dental ubicada en una colonia popular de Tegucigalpa, Honduras. Por un instante me cruza la mente un pensamiento involuntario: que últimamente mi vida no ha tenido mucha excitación, mucha aventura, nada digno de ser recordado como sensual o erótico, o al menos como más o menos interesante. Sólo rutina…

En fin, ya son casi las seis de la tarde y las primeras sombras del anochecer cálido caen sobre la ciudad mientras empiezan a apagarse los ruidos de la calle y se dispersan los gritos de los alumnos del colegio frente a mi casa. Por suerte para mi economía personal, durante el día tuve muchos pacientes, algunos de ellos nuevos que vinieron por un presupuesto. Me resta atender sólo a uno más que ya vino anteriormente una sola vez para una corta consulta diagnóstica y del cual no recuerdo demasiado.

El paciente que esperaba, finalmente llega y llama al portón enrejado de mi casa, salgo a recibirlo, veo que no ha venido solo, lo acompaña un amigo al que no conozco. No es una situación anormal; muchas veces mis pacientes vienen acompañados, y algunas veces el acompañante también termina convirtiéndose en mi paciente con el correr del tiempo. Ambos me saludan sobria y educadamente, y mi paciente se disculpa en forma cortés por un ligero retraso en el cumplimiento del horario. Como siempre, la culpa es del tráfico. Entran al parqueo de mi casa, esquivan dificultosamente el carro aparcado, ingresan por la puerta de mi pequeña clínica, invito a mi paciente a sentarse en el sillón dental y él, tras quitarse la chaqueta, se sienta.

Su amigo, en cambio, se acomoda en una silla de mi recepción, con la puerta abierta de mi clínica permitiéndole observar todo lo que ocurrirá allí dentro. también esto es más o menos usual.

Mi paciente está más silencioso que lo poco que recuerdo de él la primera vez que vino. Su amigo tampoco habla. A pesar de las muchas revistas en la mesita de la recepción, sólo mira atentamente hacia la clínica, hacia su amigo y hacia mí. Intercambio entonces con ambos unas pocas palabras formales para “romper el hielo” de la consulta. No me responde ninguno de ellos muy animadamente, siguen amparados en su mutismo y en su seriedad. Empiezo a pensar que son tímidos o introvertidos, que son la clase de personas que consideran desagradable cualquier visita a un dentista y que solamente desean que la revisión o el tratamiento finalicen en forma rápida para marcharse sin tener que “parecer agradables” por medio de alguna buena plática.

Empiezo entonces con el repetido ritual de revisar la boca de mi paciente. Para ello, como es habitual, me siento en una silla giratoria al costado del sillón dental, inclino mi cuerpo sobre él, e inevitablemente -ésto siempre ocurre- mis senos, hoy más evidentes que otras veces debido a que llevo desabrochada la gabacha dejando exhibir mi ajustadísima camisetita blanca sin brassiere, se acercan de manera peligrosa demasiado cerca del apoyabrazos del sillón donde descansa la mano inmóvil del paciente, que no la retira, dejándola allí como esperando algún contacto fortuito con mi seno.

Sé que en algún momento de éste repetido ritual clínico, todos mis pacientes pueden llegar a oler inconfundiblemente mi perfume, a sentir mi respiración silenciosa y hasta a escuchar débilmente el pulso nervioso de mi corazón por estar muy cerca de ellos, casi encima de ellos, al revisarlos. También sé que cuando -como hoy- llevo puesta una camisetita muy escotada, también inevitablemente mis pacientes recorren con su mirada el surco sensual y provocativo de mis senos a la altura de sus ojos. Y también sospecho que, casi siempre, todos ellos deben sentir el involuntario surgimiento de alguna nerviosa excitación erótica debido a mi inevitable cercanía en la intimidad y el silencio de ésta clínica.

En el caso de éste paciente, de repente advierto con algo de sorpresa que él me está mirando sin expresión muy insistente y atentamente. Pero también me sorprende descubrir que no me mira las manos, o mi ropa, o el instrumental. Tampoco me mira a los ojos. Mira sin ningún disimulo ni recato todo mi cuerpo, subiendo y bajando su vista y recorriéndome descaradamente. Me observa fijamente todo el contorno de mí muy bronceada piel expuesta, mira frontalmente mis senos que empujan claramente la fina tela de mi ajustada camisetita que asoma por entre los botones abiertos de mi gabacha de algodón, me observa las notorias turgencias de mis pezones apenas disimulados en la estrechez de la camiseta sin brassiere, me mira también sin disimulo la sombra de mí apenas separada entrepierna suave y bronceada asomando de mi corta y ajustada faldita, mira mis caderas aprisionadas demarcando la tela blanca y semitransparente de la falda… y sigue mirándome.

Me pongo de pie abruptamente algo nerviosa y con la extraña sensación de estar totalmente desnuda por su mirada inquisitiva, insistente e inexpresiva, y lo hago para buscar otros instrumentos lejos del sillón. Le doy la espalda durante unos pocos segundos mientras intento recuperar la calma ante lo manifiestamente sorprendente de la situación. Doy vuelta mi cabeza y miro fugazmente al amigo de mi paciente con la esperanza de que él estuviera leyendo alguna revista y que yo pudiera volver a iniciar con él alguna conversación intrascendente que aflojara la tensión emocional de ese momento. Pero advierto que también él me está observando con detenimiento en silencio desde la muy cercana recepción. También él me recorre impúdicamente con su mirada mi cuerpo de pié a escasos metros de él. Y tampoco deja de mirarme a pesar de que le sostengo la mirada durante unos segundos como para que se dé cuenta de mi molestia. Pero sigue viéndome descaradamente…

Vuelvo entonces, más inquieta y turbada aún que antes, a concentrarme nerviosamente en mi instrumental dándole por un corto instante la espalda a ambos hasta lograr recuperar la calma. Es entonces cuando el paciente, que hasta ese instante se había comportado en forma más o menos normal más allá de su mirada penetrante, se incorpora rápida y violentamente de un salto del sillón dental, se abalanza súbitamente sobre mí -que estaba de espaldas a él- sin decir palabra, me rodea fuertemente con ambos brazos inmovilizándome desde atrás, me cubre la boca y me sujeta fuertemente contra él con una de sus manos para evitar que yo grite y comienza con la otra mano libre desvergonzadamente a toquetear, a sobar y a manosear todo mi cuerpo comprimido contra el suyo, invadiéndome eróticamente con su mano sudorosa la tersa piel de mi cuello, mis hombros desnudos, mi pecho, mis senos demasiado palpables, libres y evidentes bajo la camiseta sin sujetador, mis caderas, mis nalgas, mis muslos demasiado visibles para ésta faldita hoy lamentablemente tan corta….. mientras yo siento de repente que no puedo moverme, que me abandonan las fuerzas y se congela toda voluntad y toda resistencia paralizada por la sorpresa y el miedo.

Logro ver esforzadamente la imagen del amigo de mi paciente, que prosigue sentado mirándome pero ahora se le asoma una sonrisa cruel y despiadada en el rostro. Saca de su mochila una cámara fotográfica y comienza a prepararla sin dejar de mirarme ahora en clara actitud morbosa y de oscura complicidad con lo que me está haciendo mi paciente. Mientras mi paciente me retiene con fuerza salvaje, el amigo deja la cámara sobre la silla de la recepción de mi clínica y se incorpora sin apuro, camina lentamente hacia nosotros, y también él frente a mí extiende ambas manos y me toquetea invasivamente todo el cuerpo con fruición y deleite, exhibiendo su torva mirada, primero muy lentamente y luego con desesperada dedicación. Me recorre y aprieta con total impunidad y libertad mis senos y mis caderas, mete sus dos manos violentamente bajo mi falda e invade inescrupulosamente mis muslos y mi intimidad más oculta con sus toqueteos mientras sigo inmovilizada.

Simultáneamente, casi al mismo tiempo de que el intenso manoseo a que tanto mi paciente como su amigo frente a mí sometieron todo mi cuerpo, mi paciente completa su propia excitación perceptible como un bulto duro, casi una inmensa piedra genital a la altura de mis nalgas, y sin dejar pasar ni diez segundos de tiempo, comienza a desgarrarme brutalmente la ajustada camisetita blanca -ayudado por la urgencia salvaje que muestra su amigo- dejando totalmente expuestos mis firmes senos desnudos a los que ambos aprietan y retuercen sin misericordia provocándome un intenso dolor; casi inmediatamente, mientras su amigo me retiene mis brazos, mi paciente mete torpemente desde atrás mío su mano libre entre mis piernas apretadas por debajo de mi minifalda, llega esforzadamente con sus dedos hasta mi entrepierna y entre ambos me arrancan hacia abajo la minúscula tanguita deslizándola brutalmente por mis piernas para luego explorar y hundir sus dedos por la delicada piel de los pliegues suavemente perfumados de mi vulva apenas rodeada de vello sedoso, hasta hacerme emitir un casi mudo grito de dolor mezclado con sorpresa y algo de placer que me sorprende a mí misma.

A partir de éste momento de total invasión de mi desnudez forzada, los dejo hacer sin oponer ya mayor resistencia.

El paciente, enardecido, casi fuera de sí, con su respiración jadeante y entrecortada, y sumamente excitado, me arroja sobre el sillón dental sin preocuparse más por cubrirme la boca durante un breve lapso porque su amigo se abalanza sobre mí desde la cabecera del sillón para volver a cubrirme la boca con una de sus manos, mientras con la otra me toma muy fuertemente de mis brazos y me los levanta hacia atrás y hacia arriba como si me colgara, y mientras mi paciente levanta bruscamente y sin cortesía mi corta faldita desgarrada exhibiendo ante él mi sexo desprotegido, me abre mis piernas ya flexionadas mientras se baja su pantalón y se acuesta pesadamente sobre mí; mientras sin descanso toca, manosea y aprieta torpemente mis senos que ya exhiben una notoria y vergonzante erección de los endurecidos pezones…Ya no me rebelo, no puedo, creo que no quiero, me siento flotando en una nube espesa y placentera, totalmente mareada, lo dejo hacer mientras un manto de extraño e inesperado disfrute sensual mezclado con miedo y erotismo me invade toda la piel del cuerpo.

Logro ver como en un territorio neblinoso y sordo la figura cercana del amigo de mi paciente que, sin dejar de cubrir mi boca con una de sus manos, se acerca por el costado del sillón dental donde yo permanezco inmóvil y en casi total desnudez ante ellos. También él pasa su otra mano por mis senos, los toca, los soba, los aprieta, los retuerce con fuerza, inclina su cabeza sobre mi pecho y me mordisquea salvajemente los pezones, se incorpora, recoge la cámara y comienza a tomar fotos de la escena.

El paciente entonces, acostado sobre mi cuerpo inmovilizado me besa torpemente los labios, me los muerde, pasa su lengua por mis senos y muerde también mis pezones sin ninguna suavidad, toca repetidamente y manosea en un ir y venir de su mano mis muslos y mi entrepierna desnuda ya casi irritada, luego toma con una mano su propio miembro ya totalmente rígido, y sin más preámbulos ni preparativos empuja violentamente con sus caderas sobre mí, y me lo introduce brutalmente en mi vagina apenas humedecida resoplando audiblemente con su boca entreabierta sobre mi cuello y mis oídos mientras escucho como en un sueño lejano las risotadas de su amigo y creo percibir los destellos fugaces del flash de la cámara fotográfica apuntándome

Este relato erotico nos cuenta como un chico le prepara una sorpresa a su novia para hacer que un viaje en taxi se convierta en la realización de una de las fantasías sexuales de ambos. La sorpresa se hace doble cuando la chica se da cuenta que su novio estaba compinchado con el taxista hasta el punto de que éste llega a participar en el juego.

Soy un chico de 26 años alto y de pelo corto y castaño, ojos marrón oscuro, de complexión atlética y dicen las chicas que guapo de cara. Mi novia tiene 24 años, mide 1,65 tiene el pelo muy largo y negro, ojos negros, grandes y profundos y unos juguetones labios que suele pintar de un rojo muy llamativo y, como toda su preciosa boquita, sabe usar más que bien. Sus pechos son medianos, con unos pezones verdaderamente duros cuando se excita. Tiene las piernas bien torneadas y un culito precioso y respingón que no pocas veces es el protagonista de nuestros encuentros sexuales.

La historia que voy a compartir con vosotros ocurrió el verano pasado en Valencia, ciudad donde fuimos a vacacionar por dos semanas a un pisito que un familiar mío nos dejó. Somos muy activos en la cama y nos gusta fantasear con diferentes prácticas sexuales, y siempre hemos tenido la intención de realizarlas; el caso es que yo deseaba darle a mi chica una sorpresa que no pudiera olvidar y la amistad con un amigo taxista, fuerte, algo menos alto que yo, moreno y de pelo negro, me permitió fabricar dicha sorpresa.

Tras una cena romántica y con una noche preciosa, cálida y estrellada en la capital del Mediterráneo, cogimos un taxi para volver al piso en lo que prometía ser una noche memorable, pero ella no sabía que lo sería por lo que pasaría en el taxi y no en el piso. Tras montar en el taxi y decir la dirección a mi secreto amigo empecé a besar el cuello de mi novia Sonia, a enredar mis dedos en sus cabellos, algo que le encanta, y puse su mano en mi paquete para que notara mi erección.

Ella, que es bastante atrevida, lejos de cortarse empezó a sobarme por encima del pantalón mientras mi mano se deslizaba por debajo de su corta falda, sin encontrar oposición hasta que las yemas de mis dedos tocaron sus braguitas de encaje negro. Notaba como Sonia miraba de reojo al retrovisor central del coche para comprobar que no nos miraba el conductor, cuando ni corta ni perezosa abrió mi cremallera e introdujo su mano en la apertura de mi ropa interior, agarrando mi miembro con fuerza y moviéndolo a un lado y a otro, arriba y abajo. Acercó su boquita a mi oreja y me dijo: “Quiero que te corras en mi mano en este taxi” y luego metió su ensalivada lengua en mi oreja. Todo iba a pedir de boca, el morbo que a ambos siempre nos ha producido hacerlo en sitios arriesgados funcionaba a favor de mi plan. Lo que ella no esperaba es que yo respondiera a su provocación desabotonando su vaporosa blusa y bajando mi cabeza hasta que mi lengua repasara su pezón derecho, en círculos, metiéndolo en mi boca, succionándolo, mordiéndolo suavemente; Ella empezó a gemir, pues nunca ha soportado el placer que le produce esa caricia y en eso aproveché para mover su braguita-tanga e introducir mi dedo índice en su rajita ansiosa, ambas cosas hicieron que de la boca se Sonia se escapara un furtivo gemidito que sin duda fue escuchado por mi cómplice, el taxista.

Susurré a los oídos de Sonia, mientras mi dedo salía y entraba en ella con suavidad que se pegara a la puerta del coche justo detrás del conductor, a razón de “ocultar no de él”: Así lo hicimos, yo ladee su ligero cuerpo, levanté un poco su pierna derecha y agarrando mi pene empecé a pasar mi glande ardiente entre los labios de su vagina. Sonia cerraba los ojos, jadeaba, intentaba no hacer ruido, pero no pudo evitar soltar un estruendoso “Oooohhh” cuando sintió toda mi virilidad meterse profundamente en su sexo. Me miró con ojos acusadores, como reprochándome que llegara tan lejos, pero cuando mis manos se agarraron a sus pechos ya al descubierto y mi lengua entró en su boca, su acusación pareció convertirse en sumisión, me mordió fuertemente los labios como para castigar mi osadía. Susurré: “Tranquila Sonia, no nos puede ver” y ella me contestó: “..Ooh,..pero…pero yo..oohh ..no aguantarééé…oohh umm..gritaréé” mientras mi pene empezaba a profundizar en su estrecho coñito, y llevé dos dedos para masajear su clítoris lo que acabó de rendir toda resistencia que ella hubiera querido oponerme.

Mi plan, el de mi amigo y mío, era que cuando ella empezara a gemir, él nos propondría que nos quedáramos solos en el coche por un módico precio y mi respuesta a lo que para Sonia sería esa surrealista proposición, sería que preferíamos que se quedara con nosotros. Pero mi amigo Luis, que sin duda no se había perdido detalle disimuladamente, no aguantó más, paró el coche en una apartada y oscura avenida de las afueras de la ciudad y volviéndose nos dijo: . Sin dejar de penetrar a Sonia, me moví hasta el centro del coche y agarré los brazos de mi novia con un brazo y con el otro la sujetaba por la cintura para que mi pene siguiera dentro de ella. Sonia gritaba e intentaba desasirse de mi, mientras yo la susurraba. La rapidez con la que Luis actuó fue clave para que todo saliera bien en el momento más crítico de la noche: Cuando Sonia se diera cuenta de que iba a ser follada por dos hombres. Luis separó las piernas de Sonia con fuerza y empezó a lamer con avidez todo su chochito, del cual yo volví a entrar y salir rítmicamente:

- ¿Pero qué haces? ¡¡¡Estás loco!! – gritaba Sonia.

- Tranquila preciosa -le decía mientras seguía bombeando. – Todo está controlado, ¿no lo ves? Tú deseas esto igual que yo, ¿acaso no te gusta mi polla dentro de ti?¿O su lengua en tu coñito? Ríndete a las sensaciones que tu cuerpo te transmite ¡¡déjate ir!! ¡¡déjate llevar!!.

- Eres un cabrón – me reprochó, y al intentar arañarme los muslos se encontró con la cabeza de Luis y su boca que la había ensalivado enteramente toda su zona genital.

Agarré sus pechos con firmeza pero con dulzura, empecé a morder su cuello, y noté de pronto las manos de Luis en sus tetitas, con lo que yo usé las mías para agarrarla por la cintura y levantarla y bajarla, para que cabalgara sobre mi polla erecta que la penetraba sin tregua, las caricias combinadas empezaron a hacer su efecto y Sonia dejó de estar tan rígida, empezó a gemir y a respirar pesadamente, y cuando me di cuenta sus manos acariciaban los cabellos de Luis y le imponían el ritmo al que ella quería ser lamida y devorada. Luis se levantó y con su polla asomada a sus pantalones ya bajados se echó levemente sobre Sonia, acabó de subir del todo su faldita hasta la cintura y desabrochar su blusa por completo, los pezones que tantas veces he sentido endurecer en mi boca estaban ahora turnándose en la boca de Luis, los gemidos de los tres llenaban el coche, pero por encima de todos los de Sonia amenazaban con ser escuchados en la solitaria calle si alguien pasara por allí.

Sonia ahora sentía mi polla llegar hasta lo más hondo de su intimidad, la penetración era más violenta cada vez y más profunda, la polla de Luis, tiesa hasta el límite frotaba los labios mayores y menores del sexo de mi novia y su clítoris erecto, llevándola a un éxtasis compartido del que no sabía salir, del que no quería salir. Todo estaba saliendo a pedir de boca, sólo quedaba el postre. Con suavidad me salí de ella y ensalivando mi pene y su culito con dos dedos que habían explorado la boquita de mi novia, la levanté ligeramente para agarrar mi herramienta y dirigirla a su más estrecho agujerito. Luis que se dió cuenta de ello, sacó un preservativo como un relámpago y pertrechándose con él se dispuso a penetrarla, así lo hizo, de golpe, en un coñito ya dilatado y que se estremeció de placer al sentirse repleto de nuevo, pero por una polla diferente a la anterior. Yo empujaba mi glande contra su culito y la dejaba caer para que el peso hiciera el resto, poco a poco el recto de Sonia quedó tan repleto o más como su coñito, mientras ella gritaba de gusto como nunca lo había hecho, hasta que la lengua de Luis se enredó en la suya, aunque sin acallar los gritos del todo.

Luis y yo empezamos a follarla doblemente, entrando y saliendo sin piedad ni cuidado ya que estaba tan excitada que otro hombre hubiera cabido en su boca, la doble penetración rompió todas sus inhibiciones, empezó a insultara nosotros y a ella misma, nos llamaba perros, cabrones y se autodenominaba zorra: ¡¡Haced que me corra cabrones!! – ¡¡Folladme, folladmeee!!. De repente se calló un segundo, inspiró profundamente y estalló en gritos y movimientos compulsivos en el orgasmo más brutal que yo le haya visto, Luis no lo pudo resistir y se corrió con la polla enterrada hasta el fondo en mi novia y por último yo, sin condón llené de semen caliente sus entrañas, semen que al poco caía por mi polla abajo y rebosaba de su dilatado pero apretadito culo.

Luego vinieron las confesiones, las presentaciones mutuas de Luis y Sonia y el epílogo que los tres nos dimos en el piso, tras el episodio del taxi, pero eso es otra historia que si queréis no me importará contaros, si es que os ha gustado el secreto que he compartido con tod@s vosotr@s. Un beso y/o abrazo. Hasta pronto.

Este relato erotico nos cuenta la fantasía sexual de una pareja, que se calientan con solo mirarse. Aunque no sera algo tan simple ya que el hombre le tiene preparada una sorpresa a la zorra, y es otra polla para chupar, creo que se tirara un buen rato tragando leche.

Llegas de un viaje a Madrid y voy a buscarte en el coche y te recojo. Mientras volvemos a Alcalá, nos vamos echando miradas en el coche en las que nos desnudamos mutuamente. Al cambiar de marcha te acaricio la pierna y voy deslizando mi mano hacia arriba. Empiezas a sentir el calor en tu entrepierna y me devuelves la caricia. Y te digo que por favor te esperes a que lleguemos al hotel para así poder follarte a gusto. Piso el acelerador y en menos de cuarto de hora estamos allí. Salimos del coche y en el mismo aparcamiento empezamos a meternos mano. Pero no te dejo seguir porque quiero darte una noche que no olvidaras nunca. Entonces subimos a la habitación y te encuentras toda ella llena de rosas, una botella de champán, un bote de nata, unas esposas y un pañuelo negro.

Piensas que para que usare todas esas cosas pero no te dejo seguir pensando. Te llevo a la cama, te tiro a ella, te arranco la ropa y te ato con las esposas de pies y manos a la cama. Después de eso te pongo el pañuelo y hago que no veas nada. Aun hay una sorpresa que no has visto dentro del armario. Llego al armario y saco una cosa que tú no esperabas que estuviera ahí. Cojo la nata, y empiezo a echarte por encima de los pechos, por la tripa por la pelvis, por tus piernas y finalmente por tu coñito. Cuando acabo de echarte nata, empiezas a sentir una lengua por tus pechos. Y empiezas a gozar pero pronto descubres cual es esa sorpresa de la que no sabias nada. Comienzas a sentir otra lengua en tus pies. Estas flipando. Me dices que que coño pasa y te digo que es una sorpresa que te tenia guardada. Así que empiezas a relajarte y a disfrutar del momento.

Tienes una lengua en tus pezones y otra en tus piernas, mientras una sube la otra baja y parece que las dos se están juntando en un sitio en el que te mueres por sentir algo. Poco a poco empiezas a sentir que no hay nada de nata ya en tu cuerpo y que tu coñito esta chorreando. Al fin empiezas a gritar pidiendo que algo entre ya en tu coñito. Así que nuestro invitado quiere complacerte pero yo no le dejo. Aun no. Quiero que sufras un poquito más y hacerte estar lo mas caliente que puedas. Seguimos comiéndote enterita sin llegar nunca a tu conejito.

Ya no puedes mas y nos suplicas así que llega el momento de ponernos a jugar en serio. Te quitamos el pañuelo y descubres que el otro chico es Andrés. Nos miras a las poyas y ves que los dos tenemos unos buenos poyones. Así que mientras el te come el coño yo me echo un poquito de nata en mi capullo y empiezo a acercártelo a la boca y tu no dudas en empezar a comértelo.

Mientras me la estas comiendo Andrés cree que ya es suficiente de andar jugando así que se sitúa entre tus piernas, se las pone a los hombros y empieza a meterte la poya despacito. Pero tu no quieres eso, tu lo que quieres es que te follen salvajemente así que a voz en grito le dices que acelere, que ya no puedes mas y que te tienes que correr ya porque si no revientas. Entonces Andrés empieza a follarte más y más rápido mientras yo por mi parte te follo la boca y te voy acariciando los pechos.

Ya no aguantas más y te corres salvajemente. A la vez Andrés, al notar tus fluidos tampoco aguanta y estalla llenándote el coño de lechecita. Al veros en un éxtasis de orgasmos yo no quiero ser menos y empiezo a correrme en tu boquita y a darte esa lechecita tan rica que tanto te gusta. Como estamos tan cansados todos, nos echamos en la cama y nos ponemos a hablar de esta experiencia. Mientras lo hacemos, tu no dejas de meternos mano y de acariciarnos nuestras poyas hasta que se ponen muy duras. Cuando esto ocurre volvemos a la acción y comenzamos a comerte el coño los dos. Nos repartimos todo para poder comernos todos tus agujeritos.

Cuando no puedes aguantar más, me tiras a la cama y te subes en mi poya y empiezas a cabalgar. Empiezas a botar de unas formas increíbles. Andrés es ahora el que quiere correrse en tu boquita así que te pone la poya cerca de ella para que te la comas y la saborees bien. Mientras estas botando, le vas comiendo la poya a Andrés y empiezas a sentir calor, mucho calor y piensas que nunca habías tenido una sensación así. Notas que pronto te vas a correr y aceleras el ritmo al igual que sientes que Andrés se va a correr también. Le empiezas a comer la poya más y más rápido hasta que de pronto, mmmm… ese sabor vuelve a estar en tu boquita y estallas en un orgasmo increíble. Yo al notar tus fluiditos chocando con mi poya, no aguanto mas y me corro y empiezo a soltar mi lechecita en tu coñito dejándotelo lleno de leche

Vaya trío que se montan dos zorras y un tipo. Además no se andan con tonterías y a las tías les gusta que les destrocen el culo, por lo que las podras ver con el culo en pompa y la polla del tio enterrada en lo mas profundo.
La tía que sobra, se dedica a darle mamadas brutales cuando se le sale la polla del culo al tio.
Unas embestidas que pega el tio, parece que le va a meter hasta los huevos en el culo.
Porno brutal garantizado con estas dos zorras.

Relato erotico de una diosa del sexo y como su marido la pilla infraganti, y como al final se montan un trio.

¿Qué es lo mejor que un amigo te puede regalar? aquí te propongo una alternativa… Edelmira vio como se habría la puerta de improviso y su cara mostró toda su sorpresa y temor por lo que veía: su marido estaba allí parado mirándola, a solo unos pocos metros, y ella allí, desnuda, en posición de hembra en celo. Pero esos ojos bellos color miel cambiaron de súbito a una expresión de incredulidad e incertidumbre, puesto que contrariamente a lo que ella esperaba, el hombre que la amaba la miraba con una cara lasciva y calentona. Nada de rabia, nada de despecho. Sin embargo, lo que más le desconcertó fue que marco seguía bombeándole el culo como un salvaje, impávido, sin siquiera inmutarse ante la presencia del recién llegado, meciéndole la verga hasta lugares en donde ella jamás se había imaginado que un macho la pudiese coger por allí, por esa entrada que tan poca resistencia opuso al recibir las primeras embestidas de ese falo duro y grueso.

Tampoco se habría imaginado que ese esfínter anal suyo fuera un arma de poder tan deliciosa, porque a pesar de estar en cuatro patas, con la cabeza enterrada en la almohada, el culo levantado y firmemente tomado por esas manos grandes de macho, había descubierto que de tanto en tanto podía apretar el culo y darle aún mayor resistencia a esa verga que furiosa le abría las entrañas por detrás, teniendo como respuesta un bramido de placer de ese macho que detenía su embestida y le prodigaba una frase obscena y lujuriosa, que daba cuenta de su pericia de puta con el culo. Esa sensación inicial de dolor mezclado con placer pronto se fue convirtiendo en una de sumisión y control deliciosos, y le estaba gustando mucho el juego, al punto que de su boca se escuchaban frases del tenor: “¡¡Así mi amor, no pares, rómpeme así de rico el culo, sigue…!!”.

¡¡Cómo lo estaba gozando!!, cómo la había hecho gozar ese hombre que en cada entrada de su cuerpo, había aplicado la misma fórmula de sutil seducción y obsceno desenfreno. Había terminado por vencer sus resistencias de dama, había descubierto a la caliente puta. Ante esa irresistible combinación de piel, besos, caricias y humedad, de uno en uno fueron cayendo su boca, su concha, su culo, entregándose por entero a los deseos lujuriosos de ese amante ocasional. Por esto no le sorprendió que la presencia de su marido no fuera impedimento para que ella sintiera nuevamente cómo las contracciones de su concha comenzaban a fusionarse en un mar de húmedos espasmos, y que el rictus inconfundible en su rostro fuera la señal de que ese inmenso placer la iba a envolver nuevamente.

El sudor de su cuerpo después de tan extensa sesión de sexo le había dado a ese cuerpo de hembra un brillo hermoso y sensual en la penumbra de aquella habitación, y los movimientos de su pelvis y los gemidos de su boca le entregaban una belleza única, aquella que las mujeres manifiestan solamente cuando un macho de verdad las ha sabido coger como toda dama con alma de puta sueña. Y de verdad que bella se veía cuando ese orgasmo arrebatador nuevamente la invadía en esa situación tan morbosa.

En medio de ese orgasmo salvaje que le hacía sentir la sangre palpitando en sus sienes, de ese gemido de perra cogida que se ahogaba en su garganta, de esas ganas de gritarle a todo el mundo que estaba siendo cogida como ella se merecía, de los dedos enterrados en las sábanas y los ojos color miel entrecerrados, su cara cubierta por sus bellos cabellos oscuros, inundada de semen y lujuria…. en medio de todo aquello comprendió finalmente lo que sucedía… en ese momento entendió que no era casualidad que su marido, le hubiese casi obligado a que hoy se pusiera ese pantalón blanco y tan ajustado, que caminando por la calle y escuchando toda clase de obscenidades referidas a su culo, le hacía sentirse casi como una puta.

Tampoco era casualidad la cadena de sucesos novedosos vividos hoy. Recordó la llegada a su trabajo de ese hombre que la fue a visitar por temas laborales sin importancia, y que en medio del típico café de oficina le dejo la sensación de conocerla tan bien, aún más con un par de copas que no sabe como se atrevió a aceptar después de las 6. Entendió que no era casualidad que en medio de ese baile que aceptó gustosa con el alcohol en su cabeza y un calor intenso en la entrepierna, ese hasta algunas horas extraño supiera susurrarle al oído justo lo que le encantaba oír, y la guiara en ese baile seductor, con la cadencia que toda mujer agradece, desde la pista de baile hasta una suave, prohibida y pecaminosa cama de hotel. Desde el último paso de baile hasta la alfombra de aquel cuarto no era mucho lo que recordaba, solamente sabía que estaba tan excitada y fuera de control que mucho antes de bajarse del auto ya no tenía puesta la tanga, y que su boca antes de retocar sus labios sentada al borde de la cama y su amante succionándole los jugos de su sexo, ya había gozado con intensidad el sabor a verga de macho en el camino.

No le había importado ser por una noche una puta, pero una de lujo, de aquellas que tienen la voluntad de decidir cual será el macho que la podrá gozar, fantasía que solo hoy se había atrevido a cumplir. Pero en ese instante la gloria estaba siendo completa, al mismo tiempo que sentía los ríos de placer recorriendo su cuerpo con inicio en su concha y un final quien sabe donde, aquel macho comenzaba a soltarle su néctar en chorros de placer infinitos e interminables, bufando como un macho salvaje poseyendo a la más deliciosa y prohibida hembra, en una conjunción de lujuriosos ritmos en que ambos gemían como dos animales en época de celo. El objetivo aquí no era la especie, era simple placer, de ese al que tantas veces Edelmira de había negado.

La miel de sus ojos apenas podía distinguirse en medio de esos cabellos enmarañados sobre su rostro, por la locura y el desenfreno de aquella sesión de sexo, a lo que sería necesario agregar la posición de esos amantes que aun después de ese orgasmo simultaneo e intenso, se negaban a abandonar. En los ojos de su marido esa imagen será imborrable, su mujer en cuatro patas de la misma forma como él la había tenido tantas y tantas veces, pero ahora clavada por la pija de otro macho, y nada más ni nada menos que por el culo, precisamente en ese culo con el que fantaseó tantas veces viendo como su mujercita volvía locos a los hombres, pensando en si ya otros habían tenido el placer infiel de probarlo. Tampoco es probable que pueda olvidar el rugido de ese macho cachondo cuando se estaba corriendo, ni el sonido de su pelvis chocando con fuerzas con las nalgas de Edelmira que lo recibían gustosas y abiertas, tampoco el gemido inconfundible de su mujer, señal que se estaba corriendo como poseída con ese falo clavado en sus entrañas.

Edelmira en cambio, sólo después de unos segundos interminables y exquisitos disfrutando el post orgasmo, en que le habían cogido por el culo soltándole un interminable y suculento néctar que podía sentir ahora hasta lo más profundo del ano, al mismo tiempo en que se corría con el deseo incontenible e irrefrenable de la novata y la experticia y sabiduría de la más grande y lujuriosa puta, solo después de gozar todo eso atinó a levantar la cabeza de la almohada y mirar nuevamente a su caliente y fantasioso marido. Con su voz aún entrecortada y la garganta afectada por los gritos, que le fue imposible ahogar en las sábanas en sus sucesivos orgasmos, le dijo a su marido con una mirada cómplice y morbosa:

“Eres un cabrón, tú lo preparaste todo, así me querías ver, pues aquí me tienes, mírame bien, pero déjame decirte que lo gocé, y mucho, pero aún no he terminado, acércate que es mi turno de la fantasía…”

Una sonrisa se dibujó en sus labios hinchados por el roce de esos besos tan intensos, apasionados e interminables de su amante casual. En su lengua aún sentía el sabor y la sensación de aquella exquisita presión del miembro erecto y duro pujando por llenar su boca. Jamás se imaginó antes de aceptar esa mamada que iba a ser así de larga y deliciosa, y que iba a dejar que Marco la metiera toda hasta casi no poder respirar, por tener la garganta llena de verga. Pero Edelmira aún quería más, si esta noche iba a ser una puta, quería serlo completa. Separó su culo de la verga ahora ya en reposo de marco y con una mano la comenzó a masturbar rogando por una reacción rápida, haciendo un ademán a su marido para que se acercase, a lo que este obedeció sumiso. Bajó la cremallera de su pantalón y aquella mujer tan formal en apariencia que sólo gozaba con calentar a los hombres meneando sutilmente su exquisito culo, hormado por sus pantalones tan ajustados que enloquecían a su marido, estaba a punto de cumplir la fantasía de muchas, sentir lo que dos vergas pueden hacer por el placer de un cuerpo deseoso y receptivo de una hembra como ella.

Cuando su marido sintió que su mujer comenzaba a mamársela con fuerza, como con furia, no pudo dejar de pensar en que sólo algunos minutos atrás era la verga de marco la que llenaba esa boca, que era muy probable que aún quedasen restos de semen en su lengua y que la ahora muy puta de su esposa podía sentir esa mezcla de sabores que sólo las hembras muy conocedoras de los placeres del sexo eran capaces de gozar.

Marco, al ver tal espectáculo, ya había reaccionado. Empalmado como estaba, pensó que era tiempo de devolver placer con placer… Ubicó a Edelmira cruzada en la cama para que en un extremo de ésta ella pudiese seguir con su trabajo de chuparle el tronco y lamerle los testículos a su complacido marido. El en cambio, se ubicó estratégicamente en el otro extremo abriéndole de par en par las piernas. Que vista aquella, esa concha depilada y suave, con los labios aún húmedos y enrojecidos por la cogida que él le acababa de dar, pero aún así deseosa de más. Pero lo que más le calentó fue ese hilo de leche que comenzaba a brotarle del culo a Edelmira mojando copiosamente las sábanas. Con dos de sus dedos tomó desde la fuente misma ese néctar, introduciéndolos lo más que pudo en esa vertiente de placer, y con ellos untados de ese blanco y espeso jugo la tomó de los cabellos obligándola a parar un momento con su mamada, y metiéndolos de una en su boca le dijo con voz morbosa: ¡cómelo para que tu boca sienta el placer que tu culo gozó al recibir mis chorros!. Ella, al oír esa frase que sólo a una puta un hombre sería capaz de decir, lamió esos dedos devorando con fruición ese lujurioso manjar hasta no dejar resto, y solo después de estar segura que no quedaba rastro, siguió con su mamada. Su marido ahora ya no tenía su duda inicial, ahora estaba seguro que el paladar de su mujer podía dar fe de la delicia de la mixtura de sabores de macho en la boca de una hembra así de puta.

Marco pagó su deuda devolviendo la mamada que le había prodigado rato atrás Edelmira, con la mejor comida de coño que le habían dado a esa mujer en mucho tiempo. Edelmira se volvió loca sintiendo la lengua intrusa de marco separándole los labios de la chocha, entrando con fuerza a la fuente misma de sus jugos vaginales, y ni hablar de esos labios de macho jugando con una presión exquisita en su clítoris que sentía iba a reventar de placer. Luego de unos minutos eternos no aguantó más, comenzó a gemir con la verga de su marido en su boca y sintió que un volcán de placer le iba a hacer erupción en su sexo, lo que efectivamente ocurrió, y su boca sin control fue tal la presión que ejerció en la verga de su marido que éste no pudo aguantar mas y comenzó a derramarse a borbotones en su boca. Pero Edelmira estaba fuera de control gozando ese orgasmo, sin querer separó aquella pija de sus labios y ésta estando libre comenzó a rociarle con leche el cabellos, la cara, las tetas, en lo que para ella fue una verdadera tortura de placer, porque marco en vez de detener su ritmo comenzó a comerle la chocha como si en eso se le fuera la vida, presionando su clítoris con su lengua furiosa y metiendo y sacando tres de sus dedos de su sexo en forma frenética, rozando con pericia lo que algunos llamarían su punto G.

Si el lector me permite, pasaré a continuar el relato en primera persona, en honor a aquella pareja morbosa y esa noche feliz.

Después de mi tercera corrida en esa hembra deliciosa e irresistible, supe que era el momento de partir. Si bien la ocasión ameritaba más lujuria, hay momentos en que el deseo tiene que dejar paso a la cordura y el reposo. Edelmira y su esposo yacían allí en ese lecho de hotel como dos amantes esposos después de su primera noche de luna de miel, abrazados y exhaustos. Esa diosa de culo perfecto y ojos hermosos, había tenido aquello que tanto había resistido, solo ayudada por un par de copas y la complicidad de su marido. Este en cambio, había por fin visto lo que sólo en sus fantasías más afiebradas había soñado, a su mujer convertida en la más ardiente y desenfrenada puta.

En mi caso, no olvidaré lo que un buen culo enfundado en un ajustado pantalón blanco puede provocar en un hombre como yo, aunque para serles franco, lo que espero que la vida me permita repetir, es la exquisita e irrefrenable sensación de sentir la presión del culo dilatado de una hembra como aquella, cerrándose firme de vez en cuando y a voluntad, recordándome que en el sexo, aun una hembra entregada así a mis deseos, sigue siendo una reina del placer y debe ser tratada como tal.

Mañana llamaré a mi amigo, no antes del medio día puesto que esos dos tendrán mucho placer que darse recordando lo vivido, y le agradeceré por compartir conmigo a esa diosa de mujer que tiene. Y si Edelmira aún quiere hablar conmigo, esa será la indicación de que esta historia aún no ha llegado a su fin.

Un relato erótico en el que una zorra se mete dos pollas por el culo.

Lola le pidio a Julia, que le dejara comer la concha, Julia se la puso en la cara y lamiendo la raja de Julia, con dos pollas en su culo, Lola tuvo el mayor orgasmo que habia tenido nunca

Estaba Lola acostada con su marido medio dormida. Habían cenado en casa con un matrimonio amigo. Habían reído, habían tomado varias copas, en un ambiente cordial y festivo. Luego ambas parejas, hacia las doce de la noche, se habían ido a dormir. Al estar fuera los hijos de Lola y Juan, existía una habitación libre y allí fueron a dormir Carlos y Julia, el matrimonio invitado.

Durante la cena Carlos se había mostrado atrevido en sus insinuaciones a Lola. Juan, su marido, demasiado comprensivo, no mostró enfado alguno, ni siquiera cuando Carlos le comentó lo apetecible que le parecía Lola, que le gustaría poder disfrutarla como él. Se limitó a expresar que él también se tiraría a Julia, la mujer de Carlos.

Ninguno mentía, pues Lola, a sus treinta años, era alta, de larga cabellera rubia, vestida con un traje negro que resaltaba sus pechos y amplias caderas, que ofrecía una imagen de mujer capaz de animar la libido de cualquier hombre. Y Julia, a su vez, también treintañera, tenía unas formas más rotundas, algo rellenita, pero con unas tetas enormes que animaban el deseo de ordeñarlas.

En la cama, como decimos, estaba Lola medio dormida. Sólo llevaba puesto un corto camisón y las bragas. A su lado su marido estaba desnudo, pues le agradaba dormir así. Dormía como un bendito. Por eso no se dio cuenta de que Lola se movía inquieta al notar que unas manos comenzaban a sobar sus nalgas.

Silenciosamente, sin hacer movimientos ruidosos, Carlos se había colado en la habitación, se había metido en la cama, y se había situado junto a Lola. Ella no advirtió su presencia hasta que notó como se levantaban las sábanas y las manos de Carlos empezaban a tocarla. Volvió la cara hacia su asaltante nocturno y éste puso un dedo en los labios pidiéndole silencio. Lola, confusa pero muy excitada, calló y permitió que siguiera Carlos su faena.

Sin dejar de sobarle el culo empezó a introducir dedos dentro de sus bragas. Buscó su entrepierna y la recorrió, llegó hasta la concha de Lola que rebosaba humedad por la situación. Ella se abrazó a su marido, que seguía durmiendo, y notó cómo Carlos le intentaba bajar las bragas. Le ayudó a hacerlo con una de sus manos y a los pocos segundos su asaltante las tenía en su nariz, oliendo los aromas a hembra que emanaban.

Lola comprobó los efectos de estos aromas en la polla de Carlos, pues creció y se endureció en su trasero. De inmediato, sintió como le abría las nalgas y buscaba la entrada del ano para introducirla por allí. Poco a poco, sin prisas, se la fue metiendo hasta los huevos e inició una sodomización brutal. Lola se movió al ritmo de las embestidas de Carlos que metía y sacaba su polla de su ano sin miramientos, como si quisiera partirlo en dos. Siguió abrazando a su marido y aunque al principio le dolió como le estaban dando por el culo, ahora comenzaba a disfrutar de la violenta penetración. Además, como varios dedos de Carlos estaban en su figa (concha), acariciando su clítoris y entrando en la vagina, el gusto superó con creces al daño y le vino un orgasmo placentero que disimuló sin gritos ni excesivos jadeos para no despertar a su marido. “Eres una gran puta, te has corrido antes que yo”, le susurró al oído Carlos.

Lola se sintió agraviada pero no le respondió. Siguió moviendo el culo para satisfacer más al hombre. Pronto notó una gran descarga de semen en sus entrañas cuando Carlos por fin se corrió. Después la sacó del culo de Lola, le cogió un brazo y la obligó a meter dos dedos por el agujero que había ocupado su polla. “Recoge semen con esos dedos que tienes metidos en tu culo, guarra”, le dijo en voz baja, “y luego te los chupas”.

Así lo hizo, limpiando con su lengua todo el pringue que recogieron sus dedos dentro de su ano, una mezcla de líquidos anales y de semen. Se llamó marrana a sí misma por esa guarrería, pero como Carlos seguía tocándole la figa, la excitación le creció y todo empezó a darle igual. Entonces sucedió lo que temía. Su marido se dio la vuelta, y se despertó al chocar su mano con la de Carlos en la figa de su mujer. “¡Qué pasa aquí!”, dijo abriendo los ojos. “Que tu mujer es una gran puta y me ha dejado darle por el culo”, le contestó Carlos sonriendo.

Lola calló. Juan, sorprendido pero caliente por la situación, dijo, “pues vamos a tirarnos los dos juntos a la puta ésta”. Sacó las sábanas de la cama, encendió la luz, y empezó a sobar los pechos de su mujer, que estaba desnuda entre los dos hombres. Carlos, animada su polla de nuevo, continuaba tocándole el clítoris. Lola, ante el ataque de los dos tíos, se corrió de tanta frotada de figa. Se puso después encima de su marido, éste le metió la polla por la figa y le pidió a Carlos que volviera a darle por el culo. No vaciló éste y al momento Lola tenía las dos pollas dentro de ella, en una doble penetración salvaje, con azotes en las nalgas que le propinaba Carlos y mordidas de teta y pezones que le daba su marido.

Se corrieron los dos a la vez llenando de semen su figa y su ano. “No las saquéis, mearos dentro los dos a la vez. Soy una cerda y me gusta”, les propuso. Ellos la obedecieron, y al cabo de un momento Lola sintió los chorros de pipi dentro de ella.

Sacaron después sus pollas los dos hombres y quedaron los tres tumbados en la cama, cansados pero satisfechos. Lola les pidió entonces que la masturbaran. Carlos y Juan, obedientes, le metieron dedos en la figa juntos y se la frotaron hasta conseguir que ella se corriera con unos tremendos espasmos y gritos de perra en celo.

En esa tesitura estaba cuando entró en el dormitorio Julia, con un camisón transparente sin nada debajo. “¡Qué cabritos, de juerga y no me llamáis!”, les dijo. Lola se levantó rápidamente y sin responderle, la abrazó y comenzó a besarla en la boca.

Jugaron con sus lenguas y Julia dejó que Lola le quitara el camisón. Quedó desnuda y se echaron abrazadas en el suelo, comenzando una frenética y recíproca lamida de figa. Lola, después buscó el agujero del culo de Julia. Lo lamió, lo lubricó bien y comenzó a meterle el puño dentro. Julia gritó de dolor y placer, hasta que lo tuvo todo dentro.

Mientras, con la otra mano, Lola le estrujó las tetas y le pellizcó los gordos pezones haciéndola todo el daño posible. “¡Toma, ramera de mierda, es lo que te mereces por dejar que tu marido venga a darme por el culo!”, le dijo cuando Julia se corrió en un gran orgasmo.

Los hombres miraban el número masturbándose. Antes de correrse se acercaron a las hembras y pusieron sus pollas en la boca de Julia. Primero Carlos y luego Juan, le echaron todo su semen allí, obligándola a tragarlo. Luego, cogieron a Lola, la obligaron a dejar a Julia, y la echaron boca arriba en el suelo. “Méate en la boca de Lola”, le dijeron a Julia, que obedeció sus órdenes. Se puso en cuclillas encima de ella, Lola abrió la boca y recibió la larga meada de Julia. “Tragátela”, le dijo su marido.

Lola lo hizo, y luego les provocó. “Quiero para terminar que me metáis las dos pollas juntas por el culo”, les pidió.

Complacientes, Carlos se puso debajo de ella, Juan encima, y comenzaron a meter sus dos pollas a la vez en el ano de Lola.

Al cabo de unos segundos, no muchos, lo consiguieron. Ella bramó de dolor. “Julia, deja que te coma la figa”, le pidió. Julia se la puso en la cara y así, lamiendo la raja de Julia, con dos pollas enteras en su ano, Lola tuvo el mayor orgasmo que había tenido nunca.

Y cuando los dos hombres se corrieron a la vez sintió como si sus descargas de semen fueran dos cascadas interminables.

Así, terminaron todos exhaustos en el suelo durante unos minutos. Luego Carlos y Julia se fueron a dormir y lo mismo hicieron Lola y su marido.

Al día siguiente desayunaron juntos sin comentar nada de lo ocurrido horas antes. Como si todo hubiera sido un sueño. Aunque las dos mujeres se delataban, pues los incómodos escozores anales que tenían las obligaban a andar con las piernas muy abiertas.

Una rubia sodomisada por dos tios.
Le agarran la cabeza mientras la obligan a tragar polla hasta el fondo.
La ponen a cuatro patas con el culo en pompa y se la meten por el culo y la obligan a dar mamadas, o a recibir dos pollas a la vez.
Una zorra al a que le gusta chupar polla y tragando leche es la mas feliz.

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