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Este relato erótico, nos cuenta la fantasia erotica que tiene una dentista que acaba follando con un paciente mientras que otro hace fotos de la escena. Porno brutal del bueno!

Es un martes cualquiera del mes…transcurre sin mayores incidencias un día normal más de trabajo en mi clínica dental ubicada en una colonia popular de Tegucigalpa, Honduras. Por un instante me cruza la mente un pensamiento involuntario: que últimamente mi vida no ha tenido mucha excitación, mucha aventura, nada digno de ser recordado como sensual o erótico, o al menos como más o menos interesante. Sólo rutina…

En fin, ya son casi las seis de la tarde y las primeras sombras del anochecer cálido caen sobre la ciudad mientras empiezan a apagarse los ruidos de la calle y se dispersan los gritos de los alumnos del colegio frente a mi casa. Por suerte para mi economía personal, durante el día tuve muchos pacientes, algunos de ellos nuevos que vinieron por un presupuesto. Me resta atender sólo a uno más que ya vino anteriormente una sola vez para una corta consulta diagnóstica y del cual no recuerdo demasiado.

El paciente que esperaba, finalmente llega y llama al portón enrejado de mi casa, salgo a recibirlo, veo que no ha venido solo, lo acompaña un amigo al que no conozco. No es una situación anormal; muchas veces mis pacientes vienen acompañados, y algunas veces el acompañante también termina convirtiéndose en mi paciente con el correr del tiempo. Ambos me saludan sobria y educadamente, y mi paciente se disculpa en forma cortés por un ligero retraso en el cumplimiento del horario. Como siempre, la culpa es del tráfico. Entran al parqueo de mi casa, esquivan dificultosamente el carro aparcado, ingresan por la puerta de mi pequeña clínica, invito a mi paciente a sentarse en el sillón dental y él, tras quitarse la chaqueta, se sienta.

Su amigo, en cambio, se acomoda en una silla de mi recepción, con la puerta abierta de mi clínica permitiéndole observar todo lo que ocurrirá allí dentro. también esto es más o menos usual.

Mi paciente está más silencioso que lo poco que recuerdo de él la primera vez que vino. Su amigo tampoco habla. A pesar de las muchas revistas en la mesita de la recepción, sólo mira atentamente hacia la clínica, hacia su amigo y hacia mí. Intercambio entonces con ambos unas pocas palabras formales para “romper el hielo” de la consulta. No me responde ninguno de ellos muy animadamente, siguen amparados en su mutismo y en su seriedad. Empiezo a pensar que son tímidos o introvertidos, que son la clase de personas que consideran desagradable cualquier visita a un dentista y que solamente desean que la revisión o el tratamiento finalicen en forma rápida para marcharse sin tener que “parecer agradables” por medio de alguna buena plática.

Empiezo entonces con el repetido ritual de revisar la boca de mi paciente. Para ello, como es habitual, me siento en una silla giratoria al costado del sillón dental, inclino mi cuerpo sobre él, e inevitablemente -ésto siempre ocurre- mis senos, hoy más evidentes que otras veces debido a que llevo desabrochada la gabacha dejando exhibir mi ajustadísima camisetita blanca sin brassiere, se acercan de manera peligrosa demasiado cerca del apoyabrazos del sillón donde descansa la mano inmóvil del paciente, que no la retira, dejándola allí como esperando algún contacto fortuito con mi seno.

Sé que en algún momento de éste repetido ritual clínico, todos mis pacientes pueden llegar a oler inconfundiblemente mi perfume, a sentir mi respiración silenciosa y hasta a escuchar débilmente el pulso nervioso de mi corazón por estar muy cerca de ellos, casi encima de ellos, al revisarlos. También sé que cuando -como hoy- llevo puesta una camisetita muy escotada, también inevitablemente mis pacientes recorren con su mirada el surco sensual y provocativo de mis senos a la altura de sus ojos. Y también sospecho que, casi siempre, todos ellos deben sentir el involuntario surgimiento de alguna nerviosa excitación erótica debido a mi inevitable cercanía en la intimidad y el silencio de ésta clínica.

En el caso de éste paciente, de repente advierto con algo de sorpresa que él me está mirando sin expresión muy insistente y atentamente. Pero también me sorprende descubrir que no me mira las manos, o mi ropa, o el instrumental. Tampoco me mira a los ojos. Mira sin ningún disimulo ni recato todo mi cuerpo, subiendo y bajando su vista y recorriéndome descaradamente. Me observa fijamente todo el contorno de mí muy bronceada piel expuesta, mira frontalmente mis senos que empujan claramente la fina tela de mi ajustada camisetita que asoma por entre los botones abiertos de mi gabacha de algodón, me observa las notorias turgencias de mis pezones apenas disimulados en la estrechez de la camiseta sin brassiere, me mira también sin disimulo la sombra de mí apenas separada entrepierna suave y bronceada asomando de mi corta y ajustada faldita, mira mis caderas aprisionadas demarcando la tela blanca y semitransparente de la falda… y sigue mirándome.

Me pongo de pie abruptamente algo nerviosa y con la extraña sensación de estar totalmente desnuda por su mirada inquisitiva, insistente e inexpresiva, y lo hago para buscar otros instrumentos lejos del sillón. Le doy la espalda durante unos pocos segundos mientras intento recuperar la calma ante lo manifiestamente sorprendente de la situación. Doy vuelta mi cabeza y miro fugazmente al amigo de mi paciente con la esperanza de que él estuviera leyendo alguna revista y que yo pudiera volver a iniciar con él alguna conversación intrascendente que aflojara la tensión emocional de ese momento. Pero advierto que también él me está observando con detenimiento en silencio desde la muy cercana recepción. También él me recorre impúdicamente con su mirada mi cuerpo de pié a escasos metros de él. Y tampoco deja de mirarme a pesar de que le sostengo la mirada durante unos segundos como para que se dé cuenta de mi molestia. Pero sigue viéndome descaradamente…

Vuelvo entonces, más inquieta y turbada aún que antes, a concentrarme nerviosamente en mi instrumental dándole por un corto instante la espalda a ambos hasta lograr recuperar la calma. Es entonces cuando el paciente, que hasta ese instante se había comportado en forma más o menos normal más allá de su mirada penetrante, se incorpora rápida y violentamente de un salto del sillón dental, se abalanza súbitamente sobre mí -que estaba de espaldas a él- sin decir palabra, me rodea fuertemente con ambos brazos inmovilizándome desde atrás, me cubre la boca y me sujeta fuertemente contra él con una de sus manos para evitar que yo grite y comienza con la otra mano libre desvergonzadamente a toquetear, a sobar y a manosear todo mi cuerpo comprimido contra el suyo, invadiéndome eróticamente con su mano sudorosa la tersa piel de mi cuello, mis hombros desnudos, mi pecho, mis senos demasiado palpables, libres y evidentes bajo la camiseta sin sujetador, mis caderas, mis nalgas, mis muslos demasiado visibles para ésta faldita hoy lamentablemente tan corta….. mientras yo siento de repente que no puedo moverme, que me abandonan las fuerzas y se congela toda voluntad y toda resistencia paralizada por la sorpresa y el miedo.

Logro ver esforzadamente la imagen del amigo de mi paciente, que prosigue sentado mirándome pero ahora se le asoma una sonrisa cruel y despiadada en el rostro. Saca de su mochila una cámara fotográfica y comienza a prepararla sin dejar de mirarme ahora en clara actitud morbosa y de oscura complicidad con lo que me está haciendo mi paciente. Mientras mi paciente me retiene con fuerza salvaje, el amigo deja la cámara sobre la silla de la recepción de mi clínica y se incorpora sin apuro, camina lentamente hacia nosotros, y también él frente a mí extiende ambas manos y me toquetea invasivamente todo el cuerpo con fruición y deleite, exhibiendo su torva mirada, primero muy lentamente y luego con desesperada dedicación. Me recorre y aprieta con total impunidad y libertad mis senos y mis caderas, mete sus dos manos violentamente bajo mi falda e invade inescrupulosamente mis muslos y mi intimidad más oculta con sus toqueteos mientras sigo inmovilizada.

Simultáneamente, casi al mismo tiempo de que el intenso manoseo a que tanto mi paciente como su amigo frente a mí sometieron todo mi cuerpo, mi paciente completa su propia excitación perceptible como un bulto duro, casi una inmensa piedra genital a la altura de mis nalgas, y sin dejar pasar ni diez segundos de tiempo, comienza a desgarrarme brutalmente la ajustada camisetita blanca -ayudado por la urgencia salvaje que muestra su amigo- dejando totalmente expuestos mis firmes senos desnudos a los que ambos aprietan y retuercen sin misericordia provocándome un intenso dolor; casi inmediatamente, mientras su amigo me retiene mis brazos, mi paciente mete torpemente desde atrás mío su mano libre entre mis piernas apretadas por debajo de mi minifalda, llega esforzadamente con sus dedos hasta mi entrepierna y entre ambos me arrancan hacia abajo la minúscula tanguita deslizándola brutalmente por mis piernas para luego explorar y hundir sus dedos por la delicada piel de los pliegues suavemente perfumados de mi vulva apenas rodeada de vello sedoso, hasta hacerme emitir un casi mudo grito de dolor mezclado con sorpresa y algo de placer que me sorprende a mí misma.

A partir de éste momento de total invasión de mi desnudez forzada, los dejo hacer sin oponer ya mayor resistencia.

El paciente, enardecido, casi fuera de sí, con su respiración jadeante y entrecortada, y sumamente excitado, me arroja sobre el sillón dental sin preocuparse más por cubrirme la boca durante un breve lapso porque su amigo se abalanza sobre mí desde la cabecera del sillón para volver a cubrirme la boca con una de sus manos, mientras con la otra me toma muy fuertemente de mis brazos y me los levanta hacia atrás y hacia arriba como si me colgara, y mientras mi paciente levanta bruscamente y sin cortesía mi corta faldita desgarrada exhibiendo ante él mi sexo desprotegido, me abre mis piernas ya flexionadas mientras se baja su pantalón y se acuesta pesadamente sobre mí; mientras sin descanso toca, manosea y aprieta torpemente mis senos que ya exhiben una notoria y vergonzante erección de los endurecidos pezones…Ya no me rebelo, no puedo, creo que no quiero, me siento flotando en una nube espesa y placentera, totalmente mareada, lo dejo hacer mientras un manto de extraño e inesperado disfrute sensual mezclado con miedo y erotismo me invade toda la piel del cuerpo.

Logro ver como en un territorio neblinoso y sordo la figura cercana del amigo de mi paciente que, sin dejar de cubrir mi boca con una de sus manos, se acerca por el costado del sillón dental donde yo permanezco inmóvil y en casi total desnudez ante ellos. También él pasa su otra mano por mis senos, los toca, los soba, los aprieta, los retuerce con fuerza, inclina su cabeza sobre mi pecho y me mordisquea salvajemente los pezones, se incorpora, recoge la cámara y comienza a tomar fotos de la escena.

El paciente entonces, acostado sobre mi cuerpo inmovilizado me besa torpemente los labios, me los muerde, pasa su lengua por mis senos y muerde también mis pezones sin ninguna suavidad, toca repetidamente y manosea en un ir y venir de su mano mis muslos y mi entrepierna desnuda ya casi irritada, luego toma con una mano su propio miembro ya totalmente rígido, y sin más preámbulos ni preparativos empuja violentamente con sus caderas sobre mí, y me lo introduce brutalmente en mi vagina apenas humedecida resoplando audiblemente con su boca entreabierta sobre mi cuello y mis oídos mientras escucho como en un sueño lejano las risotadas de su amigo y creo percibir los destellos fugaces del flash de la cámara fotográfica apuntándome

Este relato erotico nos cuenta como un chico le prepara una sorpresa a su novia para hacer que un viaje en taxi se convierta en la realización de una de las fantasías sexuales de ambos. La sorpresa se hace doble cuando la chica se da cuenta que su novio estaba compinchado con el taxista hasta el punto de que éste llega a participar en el juego.

Soy un chico de 26 años alto y de pelo corto y castaño, ojos marrón oscuro, de complexión atlética y dicen las chicas que guapo de cara. Mi novia tiene 24 años, mide 1,65 tiene el pelo muy largo y negro, ojos negros, grandes y profundos y unos juguetones labios que suele pintar de un rojo muy llamativo y, como toda su preciosa boquita, sabe usar más que bien. Sus pechos son medianos, con unos pezones verdaderamente duros cuando se excita. Tiene las piernas bien torneadas y un culito precioso y respingón que no pocas veces es el protagonista de nuestros encuentros sexuales.

La historia que voy a compartir con vosotros ocurrió el verano pasado en Valencia, ciudad donde fuimos a vacacionar por dos semanas a un pisito que un familiar mío nos dejó. Somos muy activos en la cama y nos gusta fantasear con diferentes prácticas sexuales, y siempre hemos tenido la intención de realizarlas; el caso es que yo deseaba darle a mi chica una sorpresa que no pudiera olvidar y la amistad con un amigo taxista, fuerte, algo menos alto que yo, moreno y de pelo negro, me permitió fabricar dicha sorpresa.

Tras una cena romántica y con una noche preciosa, cálida y estrellada en la capital del Mediterráneo, cogimos un taxi para volver al piso en lo que prometía ser una noche memorable, pero ella no sabía que lo sería por lo que pasaría en el taxi y no en el piso. Tras montar en el taxi y decir la dirección a mi secreto amigo empecé a besar el cuello de mi novia Sonia, a enredar mis dedos en sus cabellos, algo que le encanta, y puse su mano en mi paquete para que notara mi erección.

Ella, que es bastante atrevida, lejos de cortarse empezó a sobarme por encima del pantalón mientras mi mano se deslizaba por debajo de su corta falda, sin encontrar oposición hasta que las yemas de mis dedos tocaron sus braguitas de encaje negro. Notaba como Sonia miraba de reojo al retrovisor central del coche para comprobar que no nos miraba el conductor, cuando ni corta ni perezosa abrió mi cremallera e introdujo su mano en la apertura de mi ropa interior, agarrando mi miembro con fuerza y moviéndolo a un lado y a otro, arriba y abajo. Acercó su boquita a mi oreja y me dijo: “Quiero que te corras en mi mano en este taxi” y luego metió su ensalivada lengua en mi oreja. Todo iba a pedir de boca, el morbo que a ambos siempre nos ha producido hacerlo en sitios arriesgados funcionaba a favor de mi plan. Lo que ella no esperaba es que yo respondiera a su provocación desabotonando su vaporosa blusa y bajando mi cabeza hasta que mi lengua repasara su pezón derecho, en círculos, metiéndolo en mi boca, succionándolo, mordiéndolo suavemente; Ella empezó a gemir, pues nunca ha soportado el placer que le produce esa caricia y en eso aproveché para mover su braguita-tanga e introducir mi dedo índice en su rajita ansiosa, ambas cosas hicieron que de la boca se Sonia se escapara un furtivo gemidito que sin duda fue escuchado por mi cómplice, el taxista.

Susurré a los oídos de Sonia, mientras mi dedo salía y entraba en ella con suavidad que se pegara a la puerta del coche justo detrás del conductor, a razón de “ocultar no de él”: Así lo hicimos, yo ladee su ligero cuerpo, levanté un poco su pierna derecha y agarrando mi pene empecé a pasar mi glande ardiente entre los labios de su vagina. Sonia cerraba los ojos, jadeaba, intentaba no hacer ruido, pero no pudo evitar soltar un estruendoso “Oooohhh” cuando sintió toda mi virilidad meterse profundamente en su sexo. Me miró con ojos acusadores, como reprochándome que llegara tan lejos, pero cuando mis manos se agarraron a sus pechos ya al descubierto y mi lengua entró en su boca, su acusación pareció convertirse en sumisión, me mordió fuertemente los labios como para castigar mi osadía. Susurré: “Tranquila Sonia, no nos puede ver” y ella me contestó: “..Ooh,..pero…pero yo..oohh ..no aguantarééé…oohh umm..gritaréé” mientras mi pene empezaba a profundizar en su estrecho coñito, y llevé dos dedos para masajear su clítoris lo que acabó de rendir toda resistencia que ella hubiera querido oponerme.

Mi plan, el de mi amigo y mío, era que cuando ella empezara a gemir, él nos propondría que nos quedáramos solos en el coche por un módico precio y mi respuesta a lo que para Sonia sería esa surrealista proposición, sería que preferíamos que se quedara con nosotros. Pero mi amigo Luis, que sin duda no se había perdido detalle disimuladamente, no aguantó más, paró el coche en una apartada y oscura avenida de las afueras de la ciudad y volviéndose nos dijo: . Sin dejar de penetrar a Sonia, me moví hasta el centro del coche y agarré los brazos de mi novia con un brazo y con el otro la sujetaba por la cintura para que mi pene siguiera dentro de ella. Sonia gritaba e intentaba desasirse de mi, mientras yo la susurraba. La rapidez con la que Luis actuó fue clave para que todo saliera bien en el momento más crítico de la noche: Cuando Sonia se diera cuenta de que iba a ser follada por dos hombres. Luis separó las piernas de Sonia con fuerza y empezó a lamer con avidez todo su chochito, del cual yo volví a entrar y salir rítmicamente:

- ¿Pero qué haces? ¡¡¡Estás loco!! – gritaba Sonia.

- Tranquila preciosa -le decía mientras seguía bombeando. – Todo está controlado, ¿no lo ves? Tú deseas esto igual que yo, ¿acaso no te gusta mi polla dentro de ti?¿O su lengua en tu coñito? Ríndete a las sensaciones que tu cuerpo te transmite ¡¡déjate ir!! ¡¡déjate llevar!!.

- Eres un cabrón – me reprochó, y al intentar arañarme los muslos se encontró con la cabeza de Luis y su boca que la había ensalivado enteramente toda su zona genital.

Agarré sus pechos con firmeza pero con dulzura, empecé a morder su cuello, y noté de pronto las manos de Luis en sus tetitas, con lo que yo usé las mías para agarrarla por la cintura y levantarla y bajarla, para que cabalgara sobre mi polla erecta que la penetraba sin tregua, las caricias combinadas empezaron a hacer su efecto y Sonia dejó de estar tan rígida, empezó a gemir y a respirar pesadamente, y cuando me di cuenta sus manos acariciaban los cabellos de Luis y le imponían el ritmo al que ella quería ser lamida y devorada. Luis se levantó y con su polla asomada a sus pantalones ya bajados se echó levemente sobre Sonia, acabó de subir del todo su faldita hasta la cintura y desabrochar su blusa por completo, los pezones que tantas veces he sentido endurecer en mi boca estaban ahora turnándose en la boca de Luis, los gemidos de los tres llenaban el coche, pero por encima de todos los de Sonia amenazaban con ser escuchados en la solitaria calle si alguien pasara por allí.

Sonia ahora sentía mi polla llegar hasta lo más hondo de su intimidad, la penetración era más violenta cada vez y más profunda, la polla de Luis, tiesa hasta el límite frotaba los labios mayores y menores del sexo de mi novia y su clítoris erecto, llevándola a un éxtasis compartido del que no sabía salir, del que no quería salir. Todo estaba saliendo a pedir de boca, sólo quedaba el postre. Con suavidad me salí de ella y ensalivando mi pene y su culito con dos dedos que habían explorado la boquita de mi novia, la levanté ligeramente para agarrar mi herramienta y dirigirla a su más estrecho agujerito. Luis que se dió cuenta de ello, sacó un preservativo como un relámpago y pertrechándose con él se dispuso a penetrarla, así lo hizo, de golpe, en un coñito ya dilatado y que se estremeció de placer al sentirse repleto de nuevo, pero por una polla diferente a la anterior. Yo empujaba mi glande contra su culito y la dejaba caer para que el peso hiciera el resto, poco a poco el recto de Sonia quedó tan repleto o más como su coñito, mientras ella gritaba de gusto como nunca lo había hecho, hasta que la lengua de Luis se enredó en la suya, aunque sin acallar los gritos del todo.

Luis y yo empezamos a follarla doblemente, entrando y saliendo sin piedad ni cuidado ya que estaba tan excitada que otro hombre hubiera cabido en su boca, la doble penetración rompió todas sus inhibiciones, empezó a insultara nosotros y a ella misma, nos llamaba perros, cabrones y se autodenominaba zorra: ¡¡Haced que me corra cabrones!! – ¡¡Folladme, folladmeee!!. De repente se calló un segundo, inspiró profundamente y estalló en gritos y movimientos compulsivos en el orgasmo más brutal que yo le haya visto, Luis no lo pudo resistir y se corrió con la polla enterrada hasta el fondo en mi novia y por último yo, sin condón llené de semen caliente sus entrañas, semen que al poco caía por mi polla abajo y rebosaba de su dilatado pero apretadito culo.

Luego vinieron las confesiones, las presentaciones mutuas de Luis y Sonia y el epílogo que los tres nos dimos en el piso, tras el episodio del taxi, pero eso es otra historia que si queréis no me importará contaros, si es que os ha gustado el secreto que he compartido con tod@s vosotr@s. Un beso y/o abrazo. Hasta pronto.

Este relato erotico nos cuenta la fantasía sexual de una pareja, que se calientan con solo mirarse. Aunque no sera algo tan simple ya que el hombre le tiene preparada una sorpresa a la zorra, y es otra polla para chupar, creo que se tirara un buen rato tragando leche.

Llegas de un viaje a Madrid y voy a buscarte en el coche y te recojo. Mientras volvemos a Alcalá, nos vamos echando miradas en el coche en las que nos desnudamos mutuamente. Al cambiar de marcha te acaricio la pierna y voy deslizando mi mano hacia arriba. Empiezas a sentir el calor en tu entrepierna y me devuelves la caricia. Y te digo que por favor te esperes a que lleguemos al hotel para así poder follarte a gusto. Piso el acelerador y en menos de cuarto de hora estamos allí. Salimos del coche y en el mismo aparcamiento empezamos a meternos mano. Pero no te dejo seguir porque quiero darte una noche que no olvidaras nunca. Entonces subimos a la habitación y te encuentras toda ella llena de rosas, una botella de champán, un bote de nata, unas esposas y un pañuelo negro.

Piensas que para que usare todas esas cosas pero no te dejo seguir pensando. Te llevo a la cama, te tiro a ella, te arranco la ropa y te ato con las esposas de pies y manos a la cama. Después de eso te pongo el pañuelo y hago que no veas nada. Aun hay una sorpresa que no has visto dentro del armario. Llego al armario y saco una cosa que tú no esperabas que estuviera ahí. Cojo la nata, y empiezo a echarte por encima de los pechos, por la tripa por la pelvis, por tus piernas y finalmente por tu coñito. Cuando acabo de echarte nata, empiezas a sentir una lengua por tus pechos. Y empiezas a gozar pero pronto descubres cual es esa sorpresa de la que no sabias nada. Comienzas a sentir otra lengua en tus pies. Estas flipando. Me dices que que coño pasa y te digo que es una sorpresa que te tenia guardada. Así que empiezas a relajarte y a disfrutar del momento.

Tienes una lengua en tus pezones y otra en tus piernas, mientras una sube la otra baja y parece que las dos se están juntando en un sitio en el que te mueres por sentir algo. Poco a poco empiezas a sentir que no hay nada de nata ya en tu cuerpo y que tu coñito esta chorreando. Al fin empiezas a gritar pidiendo que algo entre ya en tu coñito. Así que nuestro invitado quiere complacerte pero yo no le dejo. Aun no. Quiero que sufras un poquito más y hacerte estar lo mas caliente que puedas. Seguimos comiéndote enterita sin llegar nunca a tu conejito.

Ya no puedes mas y nos suplicas así que llega el momento de ponernos a jugar en serio. Te quitamos el pañuelo y descubres que el otro chico es Andrés. Nos miras a las poyas y ves que los dos tenemos unos buenos poyones. Así que mientras el te come el coño yo me echo un poquito de nata en mi capullo y empiezo a acercártelo a la boca y tu no dudas en empezar a comértelo.

Mientras me la estas comiendo Andrés cree que ya es suficiente de andar jugando así que se sitúa entre tus piernas, se las pone a los hombros y empieza a meterte la poya despacito. Pero tu no quieres eso, tu lo que quieres es que te follen salvajemente así que a voz en grito le dices que acelere, que ya no puedes mas y que te tienes que correr ya porque si no revientas. Entonces Andrés empieza a follarte más y más rápido mientras yo por mi parte te follo la boca y te voy acariciando los pechos.

Ya no aguantas más y te corres salvajemente. A la vez Andrés, al notar tus fluidos tampoco aguanta y estalla llenándote el coño de lechecita. Al veros en un éxtasis de orgasmos yo no quiero ser menos y empiezo a correrme en tu boquita y a darte esa lechecita tan rica que tanto te gusta. Como estamos tan cansados todos, nos echamos en la cama y nos ponemos a hablar de esta experiencia. Mientras lo hacemos, tu no dejas de meternos mano y de acariciarnos nuestras poyas hasta que se ponen muy duras. Cuando esto ocurre volvemos a la acción y comenzamos a comerte el coño los dos. Nos repartimos todo para poder comernos todos tus agujeritos.

Cuando no puedes aguantar más, me tiras a la cama y te subes en mi poya y empiezas a cabalgar. Empiezas a botar de unas formas increíbles. Andrés es ahora el que quiere correrse en tu boquita así que te pone la poya cerca de ella para que te la comas y la saborees bien. Mientras estas botando, le vas comiendo la poya a Andrés y empiezas a sentir calor, mucho calor y piensas que nunca habías tenido una sensación así. Notas que pronto te vas a correr y aceleras el ritmo al igual que sientes que Andrés se va a correr también. Le empiezas a comer la poya más y más rápido hasta que de pronto, mmmm… ese sabor vuelve a estar en tu boquita y estallas en un orgasmo increíble. Yo al notar tus fluiditos chocando con mi poya, no aguanto mas y me corro y empiezo a soltar mi lechecita en tu coñito dejándotelo lleno de leche

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